Opinión
Apelación a la convivencia
Tolerancia mutua y contención institucional, las dos reglas fundamentales en democracia
En su mensaje de la última Nochebuena, el Rey Felipe VI dedicó su interés esencial a apelar a la convivencia política como base indispensable de nuestra democracia. Preguntémonos, dijo el Jefe del Estado, qué podemos hacer cada uno de nosotros para fortalecer esa convivencia y qué líneas rojas no debemos cruzar. Y añadió: estoy hablando de diálogo, de respeto en el lenguaje y de escucha de las opiniones ajenas, de ejemplaridad en el desempeño del conjunto de los poderes públicos, y también de empatía, y de situar la dignidad del ser humano en el centro de todo discurso y de toda política.
¿Por qué esa apelación se dirige, de entrada, a "cada uno de nosotros"? ¿Se trata de un recurso retórico? Lo sería si no existiese un sujeto de excepcional importancia en nuestra comunicación política, las redes sociales, donde tienen asiento frecuente la injuria y la calumnia gratuitas e impunes, vomitadas por una chusma inmensa, de las que beben luego ávidamente los demás medios de comunicación de masas. El ágora de hoy está, pues, al alcance de cualquiera con sed de venganza, de desprecio al prójimo y de propagación de todas las formas de odio.
Ahora bien, la destinataria principal de la apelación regia es sin duda la clase política, que está llegando a niveles de irrespetuosidad que desligitiman al adversario como interlocutor, cosa sumamente preocupante para el presente y el futuro de la convivencia constitucional. Que el llamado jefe de la oposición parlamentaria acuse al Presidente del Gobierno de haber vivido de la prostitución y que este reproche a aquel sus relaciones con un conocido narcotraficante resultan de todo punto inadmisibles en un Estado democrático de Derecho, pues son impugnaciones descalificatorias basadas en la pura demagogia. Al hablar así de un oponente político, tanto Feijóo como Sánchez se revelan incapaces de dirigir España según las reglas de la Constitución de 1978.
Los politólogos de la Universidad de Harvard Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, en su muy recomendable libro "Cómo mueren las democracias" (Ariel, 7ª edición, 2024), han alertado sobre los efectos letales de la polarización política extrema en regímenes originariamente democráticos. Hay dos reglas fundamentales en democracia: la tolerancia mutua y la contención institucional. La primera se expresa en la creencia (no inherente al sentido común, sino fruto de una notable y sofisticada invención) de que nuestros contrincantes políticos no son enemigos, sino adversarios. La pérdida de tal creencia puede obedecer a múltiples causas, y entre ellas, en el caso del PP y el PSOE, no está, según me parece, la existencia de concepciones del mundo incompatibles, pues ambos son partidos constitucionalistas. Más aún, y por sorprendente que resulte, se trata de formaciones políticas débilmente ideologizadas, lo que a mi juicio es de lamentar en aquello que tiene de pérdida de sustancia ética doctrinal. Esto último, en fin, es lo que explica que los debates parlamentarios carezcan de altura y se limiten a escenificar feroces luchas por el poder, o sea, no por la transformación de la sociedad o su mejora, sino por ocupar las poltronas gubernamentales.
El caso es que cuando la tolerancia mutua desaparece, señalan Levitsky y Ziblatt, los políticos se sienten más tentados de abandonar la contención institucional e intentan alcanzar el poder a toda costa. A falta del recurso al fraude electoral (inexistente por ahora en nuestro país), aquí entraría en juego, a mi modo de ver, la ya obscena colonización partidista de las instituciones contramayoritarias o de garantía, como el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo y el Consejo General del Poder Judicial, con la consiguiente degradación del Estado de Derecho. Por cierto, parece que el PP está dispuesto a bloquear la renovación por el Senado de los cuatro magistrados del TC, que debía designar ya mismo dicha Cámara, hasta que haya unas elecciones generales. Al parecer, y tras impedir durante cinco años la renovación del CGPJ, los populares desean repetir esa forma de filibusterismo y deslealtad que supone una auténtica regresión constitucional.
No obstante lo anterior, en España los episodios de intolerancia y la guerra interpartidaria se hallan muy lejos, por fortuna, de la "espiral de la muerte" que destruyó a las democracias europeas en la década de 1930, y entre ellas a nuestra II República. Pero ojo, como escriben estos profesores norteamericanos, "cuando los partidos rivales se convierten en enemigos, la competición política deriva en una guerra y nuestras instituciones se transforman en armas. El resultado es un sistema que se halla siempre al borde del precipicio".
La apelación navideña del Rey a preservar por encima de todo la convivencia y el espíritu de concordia que hicieron posible la Transición del franquismo a la democracia ha resultado, pues, sumamente oportuna. Incluso indispensable, habida cuenta de la reduccionista dialéctica entre sanchismo y antisanchismo a que hemos llegado.
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