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Cuento de Navidad (9)

El encuentro tabernero del Grinch y el elfo

En la taberna El Reno Cojo, de techos bajos y vigas renegridas, la cerveza sabía amarga y la chimenea crujía como la tarima de un caserón rancio. En una mesa apartada, el Grinch bebía solo. En el taburete de al lado, un diminuto elfo de gorro rojo agitaba las piernas con entusiasmo desbordante.

—La Navidad mejora a la gente —dijo el elfo, sin que nadie le preguntara.

El Grinch soltó una carcajada seca. —La Navidad entontece. La gente compra cariño, envuelve la culpa en celofán y vomita estúpidos villancicos.

El elfo habló de solidaridad, de milagros indelebles, de cenas familiares que cierran cicatrices. El Grinch desmontó cada argumento con precisión quirúrgica. Que si las luces tapan la miseria, que si los abrazos duran un suspiro, que si al día siguiente todo vuelve a ser como era el día anterior.

—Estás amargado —sentenció el elfo, y le tendió una gominola de jengibre. —Toma, esto ayuda.

El Grinch la masticó con desprecio… y se atragantó. Cayó de rodillas, amoratado y con los ojos huyendo de las órbitas. La concurrencia observó sin levantarse. El elfo dudó un segundo eterno y, en lugar de socorrerlo, se subió a la barra: —¡Atención! —gritó—. Este es el momento en que alguien elige ser mejor. ¡Es Navidad! Pero nadie movió un dedo.

Cuando con enorme esfuerzo el huraño expulsó la gominola y volvió a respirar, el elfo había desaparecido. El Grinch pagó la cuenta y al salir a la calle vio al enanito en un callejón, fumando cabizbajo.

—¿Y tus estúpidos buenos sentimientos? —escupió.

El elfo sonrió, cariacontecido: —Trabajo en esto desde hace siglos. A veces funciona. Hoy no.

El Grinch le miró, abrió los brazos y soltó una tremenda carcajada que retumbó en toda la avenida mientras se alejaba.

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