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Cuento de Navidad (y 10)

El ingenio de los Reyes Magos cuando no hay carbón

Los Reyes Magos se toparon con un enorme dilema en el año cero de la descarbonización: el Gobierno acababa de decretar el cierre de las minas hulleras y de las centrales térmicas. Era un anuncio de campanillas verdes que dejó a los monarcas navideños sin carbón para las malas almas. Tradicionalmente, había sido un regalo recurrente que les dejaba tiempo disponible para decidir el obsequio más adecuado para las gentes de bien.

Gaspar sugirió remitir una queja formal al Ministerio de Industria, pero Melchor recordó que el titular de la cartera en cuestión llevaba meses en la cárcel por un turbio asunto de corrupción. Baltasar esbozó una sonrisa maliciosa: sin carbón para tintar las caras, sus suplantadores no tendrían más opción que embadurnarse con betún.

Tras fructífera cavilación decidieron un catálogo de “remordimientos biodegradables” para aquellos que, a lo largo del año, no fueron ni sabios, ni generosos, ni justos, ni solidarios, ni tolerantes. He aquí algunas de sus propuestas: espejos de autocrítica que no reflejan el rostro, sino la última mala acción del interfecto a modo de escarnio; alarmas de conciencia que se activan cada día a las tres de la mañana para recordar machaconamente exabruptos e insultos; sobres sorpresa de karma que obligan al receptor a experimentar durante 24 horas todas las molestias ocasionadas al prójimo durante un año. Agotaron existencias.

Moraleja: esto es lo que hay. Mírense en el espejo, y si han sido buenos, les devolverá el reflejo de su rostro con una sonrisa, no el relato de su peor cara.

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