Opinión
Dian Fossey en la niebla
La épica inimaginable de una herencia científica
En 2025, como saben, ha muerto Jane Goodall, de quien hay poco que explicar . También se nos fue otro gran investigador y comunicador: Frans de Waal, quien llevó a cabo sus estudios, sobre todo, con animales cautivos. Puede que recuerden unas emotivas imágenes de una vieja chimpancé agonizante que abrazaba a un humano con notable alegría. Ella era Mamma y Frans estaba allí.
Pero si retrocedemos cuarenta años, a un día como hoy, a estas horas es probable que guardabosques, policías y soldados custodiaran el cadáver de Dian Fossey mientras otras personas certificaban el evidente asesinato y revisaban el entorno y a ella misma en busca de indicios para hallar al autor. Nunca se consiguió. Quizá hoy se recopilaran pruebas ingentes que inculparan a alguien, pero no entonces.
Goodall, Fossey y Biruté Galdikas (esta, aún viva) fueron seleccionadas con una infinita paciencia por el paleoantropólogo Louis Leaky. Infinita porque esperó y esperó hasta que fueron apareciendo las mujeres adecuadas, y es innegable su acierto. Goodall fue a estudiar chimpancés; Fossey, gorilas de montaña, y Biruté, orangutanes a Borneo.
Goodall fue a un protectorado británico, una zona estable. Pese a ello, miembros de su equipo fueron secuestrados por paramilitares de un país limítrofe, lo que afectó a todos en lo más hondo. Biruté se fue a una selva inhóspita de un país donde no se creía que su presencia fuera para estudiar orangutanes. Fossey, sin lugar a dudas, fue al punto más conflictivo de todos, la actual República Democrática del Congo.
En su libro autobiográfico, "Gorilas en la niebla", cuenta que estuvo a punto de ser secuestrada, pero logró huir en una frenética carrera en un todoterreno. Después continuaría sus estudios en el mismo ámbito biogeográfico, pero en Ruanda. Sin embargo, lo que contaba en privado era otra cosa: la secuestraron, junto a otros hombres, los enjaularon y los exhibieron durante una semana. Al fin, a ellos los fusilaron y a ella la violaron.
Hoy, parece ser, o eso se dice, que el gorila de montaña experimenta una alentadora mejoría. Incluso también se cree que durante las masacres ruandesas de los años 90 hubo un acuerdo para no perjudicar a los gorilas ni su hábitat. Ocurriera lo que ocurriese, todo es mérito de Dian.
Después de su asesinato vino la película que casi todos ustedes conocen, la cual acercó a Fossey a espectadores de todo tipo, sacándola del ámbito científico. Pero, luego, poco a poco, se fue fraguando una imagen de ella que, en su trasfondo, viene a decir que se había buscado lo ocurrido. Resulta curioso que esta segunda pervertida imagen provenga de occidentales, pues, como muy claro dice su amiga Biruté, nadie ha hablado con los ruandeses.
Dian no era bióloga, trabajaba en un hospital como terapeuta ocupacional con críos desvalidos. Sus inclinaciones profesionales, como vemos, las condicionaron su empatía y su necesidad de ayudar a quienes eran abandonados o rechazados. Ella fue al parque de Virunga no sólo a estudiar a los gorilas, sino a defenderlos. Volvamos atrás y recordemos es comienzo con el secuestro, exhibición, muerte y violación. Quedándose, no podía comportarse con la amabilidad de Goodall ni la monumental serenidad de Biruté. De continuo se enfrentaba a gente peligrosa, y la más peligrosa no era la del grupo de cazadores ni el de ganaderos que utilizaban el parque como propio, sino los gobernantes corruptos. En una ocasión le arrebató un pequeño gorila a un traficante y, como estaba en la ciudad, fue hasta el despacho de un responsable del parque, dejó en el suelo al gorila, el cual atacó y mordió al funcionario hasta que ella lo retiró. ¿Por qué el cachorro se abrazaba a Dian y, sin embargo, supo que debía morder al funcionario? Pues ya percibía quién era una amenaza y quién no.
A medida que pasaba el tiempo, Fossey no podía desperdiciar ni un minuto, así que, a la mínima, mandaba a un estudiante por donde había llegado (estos hablarían pestes durante años de ella) ni dedicarse a elaborar inútiles denuncias reglamentarias, así que era capaz de juntar un puñado de hombres y asaltar un poblado de furtivos. También, cuando detenían a una partida de ellos, les aterrorizaba con una máscara, simulando hacerles magia negra (empezaron ellos, con una muñeca tallada y pelo robado de su cepillo).
Dian Fossey era temible, pero fiable. Aquí diríamos que toda una paisana. Los jefes de los furtivos la respetaban e, incluso, el patriarca de la familia que más ganado tenía de manera ilegal en el parque guardaba una buena relación con ella. Pero las autoridades no querían saber nada del parque nacional de Virunga. Si acaso, les podía interesar un pequeño gorila para vender, lo que significaba la muerte de todos los adultos del grupo.
La niebla ha difuminado ese comportamiento agreste y abnegado de Fossey y también el de la corrupción y el de los codiciosos intereses privados, que no son siempre económicos. Tenemos una percepción más que ingenua de que la Naturaleza se va a proteger y las leyes a cumplir. Es perverso insinuar que Dian se metió ella sola en algo que le costó la vida.
No se puede decir que carezca de importancia quien la mató, pero no debemos perder de vista que ella continuó con su labor a sabiendas de que podía ocurrir eso. Como otros científicos (acabó siéndolo) y naturalistas, veía que el tiempo debía correr a favor de la Naturaleza porque, en contra, pronto no habría reloj. James Lovelock, quien postuló la teoría de Gaia, acabó abogando por las nucleares. Sólo aportaba un argumento irrebatible: se acababa el tiempo.
La herencia de Fossey es de una épica inimaginable. Léanla, y lean a Biruté Galdikas, con vivencias no menos insólitas. Y Goodall, la más prolija, aunque exenta, por fortuna, de la asfixia vital de sus compañeras.
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