Opinión | El Desliz
De la climatofobia también se sale

ilustración / Elisa Martínez
Mi propósito del año nuevo consiste en dejar de mirar la previsión del tiempo. A lo mejor me tengo que volver a descargar las aplicaciones de redes sociales que eliminé hace doce meses, cuando mi primer propósito del año nuevo fue dejar de desperdiciar horas y horas observando vídeos de limpieza de alfombras o recetas de magdalenas. Ahora el teléfono resulta tan aburrido que voy una y otra vez al icono que muestra la previsión del clima, mejor eso que consultar la cuenta corriente online, y vivo una especie de estrés ambiental. Mañana, fatal, y el fin de semana pasado por agua. Tendré que poner la lavadora hoy sin falta. Vamos al cine el sábado que hará malo. Ponte el chubasquero aunque hace sol, que pone que diluvia. De la borrasca a la ola de calor, y vuelta. Qué tiempos aquellos en que una se levantaba de la cama y pensaba: "¡Ostras! ¡Está lloviendo!" O en el mejor de los casos: "¡Oh! ¡Ha nevado!" Ahora no puede haber sorpresa, pues cualquier meteoro con algo de personalidad llega precedido de toneladas de información y ansiedad colectiva. Me pregunto si llegaremos a poner nombre no solo a los huracanes y las tormentas, sino a los días buenos que ya no abundan: prepárense, que llega Luis Miguel, una jornada estable, con sol y una suave brisa. Basta de tanto escrutinio. Se acabó consultar el tiempo cada hora, no es sano.
Se llama meteorosensibilidad a la preocupación desaforada por los cambios de temperatura, presión y demás. También existe la climatofobia, que es el miedo extremo a tormentas, huracanes y otros eventos adversos. En el peor de los casos cada fenómeno atmosférico puede generar su propio trastorno: astrafobia, pánico a truenos y relámpagos; pluviofobia a la lluvia; ancraofobia al viento o nivofobia a la nieve. La ecoansiedad, sin embargo, alude al temor por la crisis climática y el calentamiento global de la Tierra. Ojalá nuestros próceres presentaran algo de ecoansiedad por el futuro del planeta y no una climatofobia que está rayando en lo ridículo. En algunas ciudades españolas esta semana se han suspendido las cabalgatas de Reyes porque las condiciones climatológicas eran absolutamente adversas, con condiciones extremas. En otras se han contagiado del miedo y las han adelantado por el mal tiempo propio de la estación. Así, en algunos lugares Melchor, Gaspar y Baltasar aterrizaron el 4 de enero por la tarde, o el 5 por la mañana (laboral para media España) con el propósito de evitar lo que acabó siendo una llovizna y el frío típico del invierno en la mayoría de los casos. No sé cómo se habrán explicado a los niños que la magia no puede con la aprensión y la angustia. Recuerdo en mi infancia cabalgatas entre aguanieve y ventiscas, solventadas apretando un poco el paso y con un simple paraguas. La ciudadanía no encoge si se moja y no se enfría si se abriga. Carreras infantiles aplazadas por una débil lluvia y fiestas cambiadas de fecha porque está helando. Acabarán por trasladar Reyes a junio, que hace muy bueno, y Navidad a mayo, para evitar las incidencias de viento y niebla en los aeropuertos. Toda precaución es poca después de lo ocurrido en València. Sufrimos climatofobia. O sea, que por culpa de la inoperancia de Carlos Mazón y su gobierno al no atender una alerta verdaderamente importante en el momento adecuado, cualquier nubarrón nos manda a casa y nos fastidia la fiesta. Es invierno, no hace falta vivir en estado de alerta permanente y pegados al termómetro.
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