Opinión
La intrépida ignorancia
La falta de conocimiento y su implicación en la ausencia de temor
La ignorancia siempre fue muy atrevida. Esta idea forma parte del pensamiento Socrático (470-399 a. C.), cuando afirma que la verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia, y fielmente sintetizado en su "Sólo sé que no sé nada". Únicamente los muy osados creen que lo saben todo. La falta de conocimiento implica generalmente una ausencia de temor por las consecuencias de sus limitaciones. El que sabe es, en general, cauteloso y el que ignora suele ser muy arriesgado. A pesar de disponer de los mayores y mejores conocimientos de todos los tiempos, vivimos en una época de gran ignorancia. Mi presunción es que la transmisión de muchos de estos saberes, posiblemente los más importantes, no se produce de la mejor manera entre generaciones y da lugar a esta situación de analfabetismo que roza la idiotez. El término "intrépida ignorancia", se atribuye a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), presidente de la República de Argentina entre 1868 y 1874. Se le considera, además, un gran escritor y con una destacada labor pedagógica como político.
Existe ignorancia de varios tipos: la denominada "excusante o involuntaria", debida a la falta de acceso a la información; la "presuntuosa", que cree saber de todo pero sabe pocas cosas; la "culpable", que se niega a saber; la denominada "necia", que no sabe y no quiere reconocerlo; la "sabia", que no sabe pero quiere aprender y, finalmente, la "docta", reservada para aquellos sabios que reconocen no saber algo concreto y quieren conocerlo. Entre estos últimos podemos situar aquellos citados por Albert Einstein (1879-1955), cuando indicaba que "Todos somos ignorantes, pero no todos ignoramos lo mismo".
La intrepidez se define, en su segunda acepción, como "osadía o falta de reflexión". Si combinan la ignorancia presuntuosa, culpable o necia, con la dosis necesaria de intrepidez, se produce una situación que deriva hacia consecuencias que desbordan el espíritu constructivo de los bien intencionados. Dios nos libre de aquellos ignorantes necios que añaden temeridad y emprenden acciones que llevan a los pueblos hacia situaciones trágicas. Tenemos, desgraciadamente, ejemplos recientes de los efectos de la máxima ineptitud que, unidos a la irreflexión, indujeron la toma de decisiones erróneas y tardías, con consecuencia de numerosas muertes evitables.
La ignorancia intrépida forma parte del denominado "Efecto Dunning-Kruger", en recuerdo de los psicólogos norteamericanos David Dunning (1959- ) y Justin Kruger (1968- ), en su versión popular conocido como "sesgo cognitivo" o "Síndrome del cuñado", por el cual algunas personas notablemente limitadas en sus conocimientos o habilidades, tienden a sobreestimar sus capacidades y a opinar o decidir con gran rotundidad sobre diversos temas. Esta situación es muy habitual y común en todos los campos, ya sean la política, los negocios, la sanidad o la educación, con enormes repercusiones sociales. Algunos autores incluyen bajo el mismo nombre al efecto inverso, caracterizado por aquellas personas notables que subestiman sus propias facultades.
El título "intrépida ignorancia" me lleva, por pensar que la juventud está preñada de estos conceptos, a los términos "cándida adolescencia", uno de mis brindis preferidos en muchas ocasiones. Recordarán ustedes que en una escena de la famosa película "Memorias de África", basada en la historia de Karen Blixen (1885-1962), la protagonista, Meryl Streep (1949- ) y su acompañante Robert Redford (1936-2025), en el papel de Denys Finch-Hatton (1887-1931), brindan con una frase que se hizo famosa: "Por la cándida adolescencia". Pues bien, tal expresión nunca existió en la filmación original y sólo fue un añadido del adaptador español, Guillermo Ramos (fallecido en 2012), oportunamente transmitida por la voz de su doblador, Manolo García Colás (1942 - ). Las palabras originales "Rose-lipped maidens, light foot lads" ("Doncellas de labios rosados y muchachos de pies ligeros"), pertenecen a un poema de A.E. Housman (1859-1936), titulado "With rue my heart is laden" ("Mi corazón está lleno de tristeza") y eran muy apreciadas por Denys Finch-Hatton. Si pensamos en esta filmación, no puede faltarnos el recuerdo musical del adagio del concierto para clarinete en La mayor, K. 622, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), estrenado en Praga pocas semanas antes de la muerte de su autor. El tema principal de este movimiento, de una belleza muy singular, consta de ocho compases solistas, de los que la orquesta hace un eco constante. Les sugiero la versión del intérprete sueco Martin Fröst, al frente de la Swedish Chamber Orchestra: https://yotu.be/VpDq4Wu2f0A?si=6mUDgicS8n2mZASC. La melodía es imposible de disociar del paisaje de los cafetales de Kenia y de los leones que acuden a la tumba del cazador inglés. Que la cándida adolescencia no se convierta en intrépida ignorancia y derive hacia madurez serena, capaz de tomar siempre las mejores decisiones.
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