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Ángel Álvarez, en la senda de los grandes médicos

Un libro relevante sobre la medicina psicosomática

Hablar de medicina psicosomática en los tiempos actuales no es un ejercicio de nostalgia intelectual ni un refugio para mentes que añoran una medicina menos tecnificada. Es, por el contrario, un acto de realismo clínico y de fidelidad a la complejidad del ser humano. La medicina psicosomática no pretende negar los avances extraordinarios de la biomedicina contemporánea; aspira, más bien, a devolverles su sentido pleno, integrándolos en una comprensión unitaria de la persona enferma. En su práctica el ser humano no es un conjunto de órganos yuxtapuestos ni una suma de parámetros bioquímicos: es cuerpo vivido, biografía que se expresa también a través del síntoma; no "tiene" simplemente una enfermedad, la padece, la interpreta y, en ocasiones, la incorpora en el propio relato vital. Esta intuición, fue formulada con hondura filosófica y clínica por algunos de los grandes médicos del siglo XX, como Viktor von Weizsäcker, Viktor Frankl, entre otros, y en nuestro país por Pedro Laín Entralgo y Juan Rof Carballo, que hallarían la clave filosófica de su pensamiento antropológico en la obra de Xavier Zubiri y en sus "fundamentos decisivos".

Viktor von Weizsäcker, médico alemán, ha sido quien primero y más lejos llevó la integración de biología, psicología y filosofía. Su "Antropología médica" y "Filosofía del padecer" fueron textos de referencia tanto de Laín como de Rof, a los que en sus propios escritos apelan con frecuencia. La enfermedad y el dolor, nos dice, tienen sentido existencial, forman parte de nuestro modo de ser humanos; y propone una medicina que acompaña, y que no solo cura. Para él, de escueta obra traducida al español, el cuerpo no es un objeto que "tengo" sino una dimensión de lo que "soy". Esta perspectiva abre la puerta a una medicina más dialogante, en la que el médico no solo investiga causas, sino que escucha historias; no solo prescribe tratamientos, sino que acompaña procesos. Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, de la idea de voluntad de sentido como motivación principal y factor terapéutico ("El hombre el busca de sentido", "El médico y el alma", "El hombre doliente"), aporta una integración de experiencia y neurobiología.

Aquí, Laín Entralgo nos enseñó que la medicina es, ante todo, una forma singular de relación humana. En su reflexión sobre "La relación médico-enfermo", subrayó que el acto médico no puede reducirse a un intercambio técnico entre un experto y un objeto de su intervención. En él se encuentran dos personas: una que sufre y otra que promete ayuda. Esa promesa –explícita o implícita— funda una relación ética, histórica y personal. Su teoría psicosomática bebe directamente de esa concepción relacional al reconocer que el cuerpo enfermo es inseparable del sujeto que lo habita y del mundo de significados en el que vive.

Por su parte, Juan Rof Carballo llevó esta intuición al terreno de la clínica concreta, especialmente en el ámbito de la medicina interna y de la pediatría. Su concepto de "Urdimbre afectiva y enfermedad" constituye una de las aportaciones más fecundas al pensamiento médico español del siglo XX. Entendía que el ser humano se constituye desde el inicio de la vida en una red de vínculos emocionales que modelan no solo la personalidad, sino también la fisiología. La enfermedad psicosomática, lejos de ser una invención o una patología "menor", es la expresión corporal de conflictos afectivos no simbolizados, de tensiones relacionales no resueltas, de historias de apego materno-filial heridas. Para este internista lucense la práctica psicosomática no sustituye a la medicina científica: la completa, la humaniza y la profundiza.

Nos recuerda que el síntoma tiene siempre una dimensión semántica, que algo "significa" para quien lo padece, aunque ese significado no sea inmediatamente consciente. Cualquier elogio de la medicina psicosomática es, por tanto, un elogio de la escucha clínica. Escuchar permite comprender mejor, diagnosticar con mayor precisión y tratar con más eficacia. En una época dominada por las prisas, la protocolización medida y la fragmentación asistencial, su concepción holística de la medicina (bio-psico-social-espiritual) reivindica el valor del tiempo compartido, de la palabra, del silencio significativo; reivindica también la formación humanística del profesional de la medicina, convencido de que sin antropología no hay clínica plena.

Hoy sabemos, además, que muchas intuiciones de estos autores van siendo respaldadas por la investigación: la psiconeuroinmunología, el estudio del estrés crónico, la epigenética o la medicina del comportamiento muestran hasta qué punto las emociones, las relaciones y el entorno influyen en la salud y la enfermedad. La medicina psicosomática también nos recuerda algo esencial: que curar no siempre es posible, pero cuidar siempre lo es; que tratar órganos sin comprender personas empobrece la medicina; y que el enfermo no es un caso, sino un alguien. Todas estas ideas se concretan en una convicción: solo una medicina que sepa pensar al ser humano en su totalidad estará a la altura de su misión.

Todo eso es lo que nos recuerda a quienes lo hemos tratado y hemos sido sus pacientes Ángel Álvarez, un médico completo, profundo y clínico diestro que establece con sus pacientes un poderoso vínculo afectivo reparador; un hombre culto que ante el ser humano dañado por la enfermedad es generoso de su tiempo y su vida. El libro que va a presentar la próxima semana da fe de ello.

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