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Opinión

El clásico, un curso de filosofía

La final de la Supercopa, en clave de pensamiento

Cada Real Madrid–Barcelona –o viceversa– compone un clásico en el sentido más aristotélico del término: aquello que, ocurra lo que ocurra, volverá a repetirse, tres, cuatro o cinco veces por temporada. Y así, hasta el infinito.

El fútbol del máximo nivel se antoja un tratado permanente de filosofía: Platón habría visto en esta Supercopa una disputa entre esencias. El Madrid como idea trascendente, eterna, acostumbrada a imponerse incluso cuando parece ausente del mundo real. El Barça, por su parte, busca la forma perfecta del juego, convencido de que la belleza —si es verdadera— señala el camino más llano a la trascendencia. Luego aparecen los goles sorprendentes o de rechace y desmontan cualquier atisbo de metafísica.

Aristóteles, menos dado a entusiasmos platónicos, habría hablado de virtud y hábito. Un clásico es equilibrio inestable entre exceso y defecto, entre épica y error grosero. Sin olvidar el recurso a la tyché: la diosa fortuna, esa caprichosa gobernadora de los minutos finales que ciega el reloj del árbitro y provoca golazos impensables en el descuento.

Homero lo habría contado como una guerra larga, que dura décadas. Cada generación aporta sus héroes, sus caídos y sus traiciones narrativas al modo de Figo. No existe un final, solo escaramuzas sucesivas de resultado variable.

Cada Madrid-Barça -o viceversa- es un episodio nacional al modo narrativo de Galdós: pocas cosas explican mejor a España que este combate ritual entre el centralismo y lo federal, entre el tablero de ajedrez y el cubo de Rubik.

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