Opinión
La Macrorregión Atlántica: visión, historia y futuro compartido
Un hito relevante dentro de la arquitectura territorial europea
Carlos Paniceres es presidente de la Cámara de Comercio de Oviedo
Europa ha aprendido, con el paso del tiempo, que su fortaleza no reside únicamente en los Estados, sino también en la capacidad de sus territorios para cooperar a gran escala. De esa convicción nacen las estrategias macrorregionales europeas: marcos estables de colaboración pensados para sumar capacidades, generar oportunidades y reforzar la cohesión del proyecto europeo. No son muchas. De hecho, solo existen cuatro macrorregiones plenamente reconocidas por la Unión Europea: la del Báltico, la del Danubio, la Adriático-Jónica y la Alpina. Precisamente por eso, cada nuevo reconocimiento tiene un valor estratégico incuestionable.
En ese contexto, el avance hacia el reconocimiento de la Macrorregión Atlántica debe interpretarse como lo que realmente es: un hito relevante dentro de la arquitectura territorial europea. No una proliferación de estructuras ni una fragmentación del mapa continental, sino la incorporación de un eje —el atlántico— que históricamente ha sido central para Europa y que, sin embargo, aún no contaba con un marco macrorregional propio.
Conviene subrayarlo con claridad: este paso no surge de la improvisación ni responde a una moda reciente. Desde finales de los años ochenta, los territorios del Arco Atlántico vienen trabajando de manera continuada en la construcción de una visión compartida. Ya en los primeros años del autogobierno asturiano, durante la presidencia de Pedro de Silva (1983-1991), se defendía con lucidez el valor estratégico de reforzar la conexión de Asturias con Europa por el eje atlántico, incluida la importancia de la conexión ferroviaria por el Este como vía natural de integración con Francia y con el conjunto del Arco Atlántico.
Las buenas estrategias no nacen de la nada: se reconocen porque el tiempo acaba dándoles la razón. Pero tener razón no basta. Hay que poner las estrategias en marcha, dotarlas de medios, alimentar el fuego y suministrar la leña necesaria para que esa visión se traduzca en proyectos reales y en resultados tangibles para la ciudadanía y las empresas.
En ese camino, la Cámara de Comercio de Oviedo ha mantenido una posición coherente y constante. Siempre ha defendido que Asturias debía estar presente en los grandes espacios de cooperación europea y que el eje atlántico representaba una oportunidad estratégica de primer orden. La actual ejecutiva ha querido, además, impulsar este objetivo con determinación, convencida de que la Macrorregión Atlántica no es un punto de llegada, sino un auténtico punto de partida.
A partir de ahora, lo verdaderamente relevante es lo que viene. Toca diseñar estrategias, captar fondos europeos, articular alianzas y desarrollar proyectos concretos. La Macrorregión Atlántica abre un abanico amplio de oportunidades para avanzar de forma coordinada con otros territorios que comparten retos y potencialidades: conectividad logística, transición energética, innovación industrial, atracción de talento, internacionalización empresarial o cooperación científica.
Existe, además, un elemento que confiere a esta macrorregión un carácter singular: el mar. El Atlántico no es únicamente un límite geográfico; es un activo económico, científico y cultural de primer orden. La llamada economía azul, en toda su amplitud, constituye uno de los grandes vectores de desarrollo de este espacio: energías renovables marinas, biotecnología, pesca sostenible, logística portuaria avanzada, construcción naval, turismo responsable o investigación oceanográfica. No es un ámbito exclusivo, pero sí profundamente característico del Arco Atlántico.
Junto a ello, la Macrorregión Atlántica facilita algo esencial en la Europa contemporánea: la interconexión estable entre universidades, centros de investigación, polos de innovación, empresas y cámaras de comercio. Las redes de cooperación multiplican el impacto de cada iniciativa y permiten competir en un entorno global donde la escala y la colaboración son determinantes.
Pero esta macrorregión no se sostiene solo sobre intereses económicos o conveniencias institucionales. El Arco Atlántico es también un espacio unido por lazos culturales, sociales y humanos que se remontan a siglos, incluso milenios. Rutas marítimas, intercambios comerciales, tradiciones portuarias, flujos migratorios, cultura del mar y formas de vida compartidas han tejido una identidad atlántica que precede con mucho a cualquier reconocimiento administrativo. La estrategia macrorregional no inventa esa realidad: la reconoce, la ordena y la proyecta hacia el futuro.
Nada de todo esto será posible sin la implicación decidida de los gobiernos. Las macrorregiones europeas funcionan cuando las administraciones entienden que cooperar suma, cuando alinean prioridades y cuando convierten los marcos estratégicos en políticas activas. El reconocimiento de la Macrorregión Atlántica exige ahora compromiso, liderazgo y ambición institucional.
Asturias tiene ante sí una oportunidad que no debe desaprovechar. Formar parte activa de este espacio significa ganar visibilidad, influencia y capacidad de atracción de inversiones. Significa situarse en el mapa de las grandes decisiones europeas. Y significa, sobre todo, entender que el futuro se construye cooperando, sumando fuerzas y mirando más allá de las fronteras inmediatas.
Europa ya lo ha hecho en el Báltico, en el Danubio, en el Adriático y en los Alpes. El Atlántico era la gran asignatura pendiente. Hoy empieza a dejar de serlo. Ahora toca convertir la visión en acción.
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