Opinión
El ser o no ser de Europa en sus horas más decisivas
Solo desde la unidad, hablando con una sola voz pero pasando a la acción, este gran sueño colectivo podrá actuar de contrapeso a los excesos de un mundo en pleno cambio geoestratégico

El ser o no ser de Europa en sus horas más decisivas / Freepik
Lo que ocurre no es solo por el petróleo o las materias primas. Las reglas para gobernar el mundo que Occidente se dio hace 70 años empiezan a saltar por los aires. Está en disputa un nuevo reparto del poder geoestratégico en el que la fuerza predomina sobre el derecho. Europa corre el riesgo de quedar reducida a la insignificancia si no actúa para situarse en este delicado tablero.
Venezuela y Groenlandia son indicios de un mismo problema: el respeto y las normas internacionales se erosionan, los hechos consumados se normalizan. La deriva empezó con la expansión de la Rusia de Putin hacia Ucrania. Si China se contuvo con Taiwán no fue por falta de ganas, sino por miedo a la maquinaria militar estadounidense. Tras la caída del Muro de Berlín y el fin de los bloques, está en juego un nuevo orden por la quiebra del que surgió para restañar las heridas de las dos grandes guerras, el mismo que alumbró la Unión Europea.
La nueva lógica de las áreas de influencia ya no distingue entre aliados y enemigos. El mundo es como es, no como desearíamos que fuera, y, sin renunciar a la legítima aspiración de cambiarlo, hay que jugar la partida que toca dándose un baño de realidad y pragmatismo. En un orbe que parece volver a medirse por la presión del poder más descarnado y de las armas, como en el Medievo, los europeos llevan las de perder. Con espíritu provocador y subversivo ya afirmaba hace muchos años el filósofo Gustavo Bueno que los derechos internacionales quedan en papel mojado sin la existencia de un ejército que los respalde. Decirlo entonces tenía mérito porque era políticamente incorrecto. Más proviniendo de un pensador progresista amamantado en el materialismo dialéctico.
El asunto viene de lejos
Una Europa liberada en gran medida de la responsabilidad de garantizar su defensa para ocuparse del bienestar y que delegó aspectos primordiales de su autonomía estratégica carece ahora mismo de capacidad de respuesta. La obligación de consenso la asfixia. Los extremismos que reman a favor por la tensión migratoria, el coste de la vivienda o el deterioro laboral la minan. El asunto viene de lejos. Henry Kissinger, ex secretario de Estado norteamericano, sintetizó esa división, que impide promover medidas firmes y rápidas, con un golpe de ingenio: "¿A quién llamo si quiero hablar con Europa? ¿Cuál es su teléfono?", preguntaba con ironía. También lo dijo aquí, cuando en 1993 estuvo en Oviedo.
Una concepción rudimentaria de la autoridad, que sacrifica la norma por el interés, hiere de muerte a las democracias: lamina los equilibrios institucionales, impugna la estabilidad, anula las certezas y conquistas que se creían garantizadas y normaliza una relación instrumental con los textos legales. La salida no consiste en proclamarse trumpistas –imitadores de los matones– o chavistas –apologetas de los autoritarios–, sino ciudadanos de este viejo continente con criterio y decisión, lo que implica esmerarse en una seguridad real, una coordinación sin ambigüedades y una soberanía material, con tecnología, industria y energía propias.
Este año se celebran cuatro décadas de la incorporación de España a la UE. El país abrazó aquella adhesión, que lideró un ministro asturiano, como la consolidación de las libertades, la llegada de la modernidad y el fin del aislamiento. Así fue, y los asturianos lo entendieron mejor que nadie declarándose más europeístas que cualquier otro de los españoles. El aniversario coincide con horas decisivas para el ser o no ser de Europa. Solo desde la unidad este gran sueño colectivo tiene opción de alzarse como contrapeso a los excesos. Solo desde la valentía, hablando con una sola voz pero pasando a la acción, la UE se convertirá en sujeto de la política internacional, no en mero objeto. Los europeos deberíamos estar preparados para asumir el desafío.
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