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Jóvenes de Dios y de Vox

Los nuevos votantes que se aficionan a las cosas de la Iglesia y comulgan con la extrema derecha

En España, país dado desde antiguo al misticismo cíclico y a las modas redentoras, los jóvenes parecen haber encontrado dos refugios frente al tedio del presente: Dios y Vox. Unos se van de retiro espiritual para encontrarse a sí mismos; otros votan a la extrema derecha porque se encuentran mejor contra todos. Cualquier liturgia que les ahorre la complejidad puede resultar válida.

Las encuestas, que son los nuevos evangelios apócrifos, certifican que la juventud mira con desconfianza a quienes gobiernan y prefiere adorar a dioses alternativos. Nada nuevo bajo el sol: la rebeldía juvenil siempre ha consistido en llevar la contraria al padre y al ocupante del palacio de La Moncloa.

Santiago Abascal, con su barba cuidadosamente bíblica, se les aparece como un Moisés de gimnasio, guiando a sus huestes por la travesía del desierto woke. Aún no es capaz de abrir en dos el Mar Rojo, pero parece muy capaz de dividir España en dos; no baja con tablas de la ley, pero sí con encuestas favorables. A su lado, Feijóo recuerda a un Abraham dubitativo, siempre dispuesto a sacrificar algo —ideas, promesas— si con ello asegura la descendencia electoral o el aniquilamiento del faraón, un Sánchez que acabará sucumbiendo a tanta plaga.

Un país en el que la política se ha convertido en catequesis y la fe, en programa electoral, puede acabar como el Cantar de los Cantares o a lomos del caballo del Apocalipsis. Al final, quizá no sea que los jóvenes sean de Dios y de Vox, sino que siguen haciendo lo de siempre: buscar profetas nuevos para no escuchar a los viejos reyes.

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