Opinión
Lillo
El periodista que cuenta la realidad tal como es
Frisaría los veinte años cuando conocí a Juan de Lillo. Me atreví a llevarle al periódico que dirigía una caxigalina que se me había ocurrido sobre la omnipresencia de la mujer en la universidad de entonces. Juan no se acuerda de la visita de aquel prubitín, pero yo no la he olvidado. Ese artículo sería el primero de tantos, y aún recuerdo la ilusión que me hizo verlo publicado unos días después. Lillo me recibió con cortesía y una mirada entre sorprendida y extrañada. Seguirían luego otras columnas, que no tengo en la memoria si se las entregué en mano a él o al primero que abría la puerta en la sede de la ovetense calle Marqués de Santa Cruz.
Mi padre, que era lector diario de al menos tres periódicos, este, "Región" y "ABC", solía comentar las páginas dominicales firmadas por Juan de Lillo aquí, donde daba cuenta de los cotidianos enredos astures con auténtico primor. Como solía salir ahí caricaturizado (a veces, como un león enjaulado), y ser protagonista comentado con alguna frecuencia por los líos diversos en que andaba metido en política sanitaria, Lillo era en casa bastante popular, además de que acostumbraba a ponerse de su lado, lo que agradaba bastante a aquel buen médico que se limitaba a ser coherente y defender con libertad lo que consideraba correcto.
Juan de Lillo, como los periodistas de su época a los que tuve el honor de tratar, destacó siempre por su criterio, que es la norma para conocer la verdad, según el diccionario. Sus posiciones, aunque dejaran espacio a la diversidad de enfoques, respondían a una determinada manera de pensar, de sentir y de vivir, que cabría calificar de objetiva y de sentido común. Su señorío en las formas y en el fondo nunca fue encopetado, sino el de alguien que se gana el respeto por lo que hace, por lo que dice y por cómo lo dice. Nunca por las piruetas para agradar a todo el mundo o para pensar dos veces lo que se va a decir para no decir nada.
Sus últimos libros permiten redescubrir a un periodista de raza, que podría haber sido futbolista, odontólogo o abogado, pero al que la información y la opinión le provocaron un intenso hechizo desde muy temprano momento. Esas memorias presentan también a un sentimental y a alguien para el que la vida ha sido una película en sesión continua. Me deslumbra la cantidad de detalles que alberga su cabeza de sus tiempos mozos, cuando yo solo logro recuperar de mis nueve o diez años la imagen en blanco y negro y sin sonido de mi amigo Isidro parando los balones que le pateaba en la terraza de Los Maristas en la calle de Santa Susana. Y poco más.
Los recientes libros de Juan de Lillo pueden ser leídos como una trepidante novela. Enganchan por una trama que no permite aventurar la siguiente escena. Y por incluir acontecimientos que apuntan a lo más íntimo. En ellos aparece un Lillo enamorado, otro familiar, pasional con lo que quiere, pegado a su tierra pero sin fronteras, y con una innata inquietud que nunca descansa hasta saber lo cierto que se oculta tras las cosas o lo incierto que se desvela en ellas. Juan de Lillo distingue al vuelo entre un cambio de opinión y una mentira, a diferencia del trapacero personaje que todos tenemos en mente. Y es valiente cuando hay que serlo, no como aquellos que se limitan a decir solo lo que se atreven a decir.
Ni las presiones o amenazas de los poderosos han doblegado jamás a este verdadero profesional del mejor periodismo. Un orgullo de la prensa asturiana y española, que ennoblece al viejo oficio de contar la realidad como es, sin tapujos, trampantojos, ni historias para no dormir.
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