Opinión
Condromalacia rotuliana
Ir cumpliendo años trae consigo el contacto con decenas de palabras nuevas. La edad no aporta sólo más experiencias ni mayor capacidad para separar el grano de la paja, también nutre el habla de vocablos insospechados. Bien es cierto que dichas adquisiciones suelen ir más ligadas al campo semántico médico que a cualquier otro. Fíjense en sus rodillas, sin ir más lejos. Las hay de todo tipo: aplanadas, alargadas, disimuladas, imponentes, hacia dentro, hacia fuera, pequeñas como trufa de perro chico. Sin embargo, todas se dirigen a un destino común y en él nos encontraremos: la condromalacia rotuliana.
Cansada de lidiar sola con el dolor de esa parte del cuerpo, acudí a un traumatólogo, otra palabra que debería no prestarse a tantas interpretaciones si estuviera mejor puesta. Oía un soniquete chasquear cada vez más alto, acompañado de espasmos punzantes. Algunos días, llegué a pensar convertirme en pirata si al final la parte inferior se independizaba del resto del cuerpo y decidía abandonar filas. A razón de cien euros, el señor me pidió que me tumbara en una camilla como la de la consulta de la médica de familia. Colocó la mano sobre la zona a explorar mientras me ordenaba que estirase y contrajese la pierna. Condromalacia rotuliana, dijo al minuto.
Confieso que anoté mentalmente el diagnóstico, aunque no hubiera hecho falta porque el generoso doctor alargó su informe bien guardado en un sobre como los que recibimos, aunque cada vez menos, con cartas del banco. No explicó demasiado, pero sí hizo alusión a la edad y a otra palabra menos nueva pero igual de chocante: infiltraciones. Esa la íbamos a dejar para cuando fuera mayor, no se puede aprender tanto de golpe cuando la plasticidad comienza a fallar.
Me fui de allí con cien euros menos y otra preocupación más. La molestia terca no se me alivió. Me prescribió lo que venía haciendo por sentido común: antiinflamatorios, reposo y ejercicio moderado sin impacto. Sí le agradezco que me presentara a la señora condromalacia rotuliana. A cierta edad, me gusta que me sorprendan de la forma que más disfruto: lingüísticamente, otro adverbio abierto a interpretaciones.
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