Opinión
Laura Fa
Cómo la televisión normaliza el desprecio
Estos días, en televisión y en distintos medios, solo ha existido un tema. Bueno, dos. Groenlandia y Julio Iglesias. Del primero la prensa del corazón no nos ocupamos, por suerte. Del segundo, de la acusación de Julio Iglesias como presunto abusador de dos extrabajadoras, sí. Y nos estamos ocupando mal. Hemos tenido que ver y escuchar en la tele unas apariciones de lo más lamentable, vergonzante y miserable. Ana Obregón diciendo: "¿Os chupan el pito toda la noche y no os salen ampollas?". O preguntando: "¿Estabas esposada? ¿Estabas clavada en la cama? ¿Por qué no te has ido?".
Ramón Arcusa, el de 15 años tiene mi amor (ya venía avisando esta canción que algo no cuajaba bien), afirmando: "Si una chica se siente violada, no puede esperar cinco años para decirlo". O: "Si te violan y tú no denuncias al día siguiente, y te siguen violando durante meses, guste o no, eso ya es una relación". Jaime Peñafiel sentenciando: "Lo que digo yo va a misa. Lo que dicen estas miserables son canalladas". Y Susana Uribarri defendiendo al cantante con un: "Él nunca ha hecho contratos de confidencialidad, poca cosa tendría que ocultar".
No son frases aisladas. Son solo algunos ejemplos de un discurso que seguimos escuchando con demasiada normalidad: el de culpabilizar a las mujeres, poner en duda sus tiempos, fiscalizar sus decisiones, cuestionar su comportamiento y convertir cualquier relato incómodo en sospechoso. Y aquí es donde la prensa del corazón, y quienes trabajamos en ella, tenemos una responsabilidad enorme. Porque dar espacio, micrófono y plató a este tipo de mensajes no es neutral. Es reforzar un imaginario que justifica abusos, legitima el descrédito de las víctimas y normaliza la sospecha permanente sobre quien habla. Es, en definitiva, alimentar la cultura de la violación. Nos están dando muchas oportunidades para hacerlo mejor. Para estar a la altura. Para entender que la presunción de inocencia es una garantía jurídica, no una coartada moral para desacreditar testimonios ni para ridiculizar a quienes cuentan situaciones de abuso.
Llegados a este punto, el problema no es solo que las víctimas se atrevan o no a denunciar. El problema es el clima. Con este ambiente mediático, resulta muy difícil que una mujer no solo acuda a un juzgado, sino que simplemente se atreva a contar lo que vivió. Incluso cuando no habla de delitos tipificados, sino de patrones y dinámicas. Las Mamarazzis hemos hablado con bailarinas que no denuncian ningún delito por parte de Julio Iglesias. Pero sí nos describen patrones. Y aun así, no ha habido manera de que quisieran dar la cara. No por falta de relato, sino por miedo.
Porque la vergüenza, lamentablemente, no ha cambiado de bando. Las que se sintieron incómodas, solo incómodas, no se atreven a decirlo públicamente porque saben que serían señaladas, cuestionadas y expuestas. Para muchas, es más fácil seguir con su vida que aportar luz públicamente y convertirse en diana. Han hablado en privado, han confiado, pero no más. Y eso también dice mucho del punto en el que estamos. Así que es el momento de dejar de amplificar discursos que minimizan, justifican y se burlan. Hay que dar voz, solo y exclusivamente, a expertos y a quienes hablan desde la experiencia del daño. La prensa no podemos ser el eco del desprecio ni del cinismo. Tenemos que ser parte de la solución. Porque, si no, luego no preguntemos por qué las víctimas no denuncian, por qué no hablan o por qué no dan la cara. La respuesta la llevamos días emitiendo en horario de máxima audiencia.
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