Opinión | Crónicas gastronómicas
La mirada de Lúculo: Dan Keeling invierte en alegría
"¿Quién teme a Romanée-Conti?" es un libro para los que aman el vino pero desconfían de sus dogmas, para los que sospechan que la grandeza no siempre coincide con el precio de la botella

"¿Quién teme a Romanée-Conti?" / Pablo García
"¿Quién teme a Romanée-Conti?" se centra principalmente en cómo se siente uno al beber un buen vino sin necesidad de perder el tiempo en diatribas sobre su sabor redundado en la jerga enológica en la que tantas veces caemos de la manera más abstrusa y pedante. Así lo explica Dan Keeling, su autor, un tipo que abandonó una carrera como responsable de artistas y de repertorio musical en discográficas, para editar publicaciones gastronómicas. Naturalmente no se trata de beber el vino de la etiqueta más legendaria de Borgoña como podría dar a entender el provocador título del libro. Romanée-Conti lo consumen contadas personas en este mundo ––ya le pueden echar un galgo––, el meollo está en cómo disfrutar del buen vino sin complejos y de una manera natural.
Misión cumplida por parte de Keelin; tengo la sensación de haber leído uno de esos libros heterodoxos y marcadamente literarios desde el punto de vista de la recurrente enología, fruto de una meditación errante sobre el deseo, el fetichismo, el mercado y la identidad, todo ello filtrado por una copa que casi nunca es inocente. Keeling, fundador de "Noble Rot", una reconocida gaceta a nivel internacional, sabe que el vino es ante todo un lenguaje cultural, una excusa para hablar de otras cosas. Y por eso Romanée-Conti —el mito borgoñón convertido en símbolo máximo del lujo, la inaccesibilidad y la pureza— funciona más como un espejo que como un objeto de estudio. Formulado con una pregunta provocadora, el título encierra ya el nervio del libro compuesto de una serie de interesantes ensayos. ¿Quién teme a Romanée-Conti?": ¿el consumidor intimidado, el crítico que no quiere equivocarse, el mercado que ha elevado el vino a tótem financiero, o el propio bebedor que sospecha que el placer prometido quizá no esté a la altura del precio?
El autor se mueve con gran soltura entre el anecdotario personal; cenas imposibles, botellas improbables y encuentros con personajes que órbita el mundo vinícola como satélites excéntricos. De fondo prevalece una reflexión profunda de cómo hemos llegado hasta aquí, la incomodidad latente ante la sacralización del vino y una sospecha persistente de que algo esencial se ha perdido en el camino, que es la alegría despreocupada de beber, el azar, la conversación sin solemnidad. En su intento de desactivar cualquier acto reverencial, Keeling no se convierte, sin embargo, en un iconoclasta que quiera dinamitar los grandes nombres de Borgoña por puro capricho adolescente; al contrario, demuestra conocer y amar profundamente esos vinos. Pero su amor no es servil. Frente al coleccionismo obsesivo y la puntuación como forma de control, reivindica la experiencia vivida, el contexto, incluso el error. Beber grandes vinos, viene a decir, debería ser una aventura humana, no un examen de acceso a una élite. Por eso, también, dialoga más con la literatura que con la enología, recobrando ecos de Orwell en su mirada ética, o de Geoff Dyer en sus digresiones elegantes, incluso algo de ese escepticismo británico que desconfía de todo lo que nos tomamos demasiado en serio. Keeling escribe bien, con una prosa clara, irónica, a ratos melancólica, que evita el tecnicismo y prefiere la imagen precisa, el detalle revelador.
Romanée-Conti es el ejemplo extremo de cómo un producto agrícola, frágil y contingente, puede convertirse en un objeto abstracto, casi desmaterializado, cuyo valor ya no reside en el placer que ofrece sino en lo que representa. Sobrevuela la idea del aura de Walter Benjamin, de cuanto más inaccesible es el objeto más se refuerza su valor simbólico, aunque esa distancia lo vacíe de uso.
Keeling observa este fenómeno con una mezcla de fascinación y tristeza, consciente de que él mismo forma parte del sistema que describe. Esa ambigüedad no exenta de culpa es uno de los motores narrativos. El suyo es un libro para quienes aman el vino pero desconfían de sus dogmas; para quienes sospechan que la grandeza no siempre coincide con el precio; y para quienes todavía creen que una botella, incluso la más mítica, solo cobra sentido cuando se comparte. En tiempos de fetiches y rankings, Dan Keeling nos recuerda algo esencial y casi subversivo: beber también puede ser una forma de razonar.
Por ejemplo. ¿Merece la pena tanto escándalo por unos pocos sulfitos? El autor de "¿Quién teme a Romanée-Conti" no acaba de entender por qué la Policía del Vino Natural comenzó a ver este componente químico como el principal enemigo público y lo desprecia más que a cualquiera de las tóxicas práctica agrícolas y el avance homogeneizado de la tecnología vinícola, aspectos de la viticultura comercial que sí urge cambiar. Mejor librarse de intervenciones y añadidos, claro está, pero el azufre es el quinto elemento más abundante del planeta y está presente no solo en el vino sino en toda clase de alimentos, en la coliflor, en unos frutos secos, etcétera. Del mismo modo Keeling replantea la grandeza en algo sobre lo que cualquier aficionado ha podido recapacitar unas cuantas veces en la vida, como es el hecho de hallar más gratificante un vino superior de una denominación considerada de baja categoría a otro inferior de cualquiera de las famosas. O la posibilidad de disfrutar tanto de vinos jóvenes como viejos, en función de lo que a uno le pida el cuerpo, sin tener que someterlo todo a un debate. Invertir en alegría, lo llama Dan Keeling. ¡Bravo!
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