Opinión
Las cosas que nunca te dije
Las cosas que realmente importan no avisan de su llegada. Ni de su partida. Suelen caminar de puntillas, como un sueño que se desvanece sin que te des cuenta. Escribir columnas, por ejemplo. Un día te piden que hagas una y lustros después te encuentras con una lista casi interminable de pequeñas citas de papel con personas a las que no conoces pero que quizá te acaben conociendo bien. Seres sin nombre ni rostro en su mayoría que se paran durante un minuto a ver de qué escribe alguien que se divierte tendiendo puentes de papel sobre el elocuente silencio de las palabras que buscan algo parecido a una complicidad. Una conexión invisible que surge a cualquier hora del día o de la noche, atrapada en servilletas de papel o libretas deslenguadas. Restos de tinta enfadada, fatigada, jovial o indignada, apaleada por la vida o iluminada por algo parecido a una esperanza. Sincera siempre, para qué vamos a engañarnos. Busquemos lo que no entendemos para reconocernos en la confusión de cada día. Busquemos la discrepancia dentro de un orden para darnos cuenta de que hay en algún lugar personas que se reconocen en ti a veces. O que fruncen el ceño porque esta mañana, maldita sea, no hay forma de llegar a un acuerdo.
Escribir es una forma de describirte. Y leer te delata y te relata. Sobre todo, cuando se trata de detalles que esquivan la gran palabrería y el tráfico embotellado de los titulares efímeros. Esos detalles que no aparecen en portada ni en los resúmenes del año, que se componen de intuiciones o destellos surgidos en momentos fugaces: cruces de ascensor, reflexiones pilladas al vuelo, lamentos escondidos o sonrisas con derecho a veto. Yo qué sé. Tú sí que sabes. No hay que esperar que unas palabras cambien el mundo, pero tal vez ayuden a hacerlo más habitable durante un instante. Palabras como refugio que, en ocasiones, eligen el silencio para no dejar de creer en ellas. Se forja entonces una gratitud permanente hacia quienes dedicaron tiempo a leer a a un extraño que (tal vez, quizá, posiblemente, ojalá) pudo descifrar cómo te sientes. Fue un placer.
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