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Cuando salimos de Cuba

Trump estrangula a la isla cerrando el grifo del petróleo venezolano

Quien haya viajado a Cuba reconocerá que al salir de allí algo de uno mismo queda en ese territorio caribeño. Ese cariño que pervive décadas trueca ahora en desazón al saber que la intervención estadounidense en Venezuela acarreará graves consecuencias en la economía cubana.

La isla enfrenta una crisis energética que deja de ser técnica para convertirse en un acto de agresión política. El país necesita unos 100.000 barriles de petróleo diarios para mantener sus luces encendidas y que trenes, autobuses y fábricas funcionen. Hoy, por obra y gracia de Trump, recibe apenas una fracción de esa cantidad, lo que ya ha provocado apagones y amenaza con paralizar por completo el país.

Esta escasez no es un accidente, sino el resultado de una estrategia deliberada para estrangular económicamente a Cuba y forzar un cambio de régimen. La intención es someter a la población cubana al colapso económico como palanca de presión política.

El plan es despiadado: sin combustible, se paralizan transportes, hospitales y mercados; los apagones se multiplican; el agua deja de llegar a las casas; y la economía se derrumba. La idea es provocar protestas masivas que justifiquen un cambio de gobierno impuesto desde fuera.

Este uso del sufrimiento energético como arma política no tiene precedentes recientes y muestra la cara más cruel de la geopolítica estadounidense: manipular la vida cotidiana de millones para obtener réditos ideológicos. El hundimiento de Cuba no acarreará el advenimiento de la democracia: cambiará una dictadura cruel por el dictado de otros crueles.

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