Opinión
Tractores y mercosures
Sobre las protestas del campo asturiano
El pasado viernes nuestros tractores salieron a la calle. Y digo "nuestros" porque, aunque no sean ni tuyos ni míos, forman parte de ese paisaje humano, económico y hasta moral que todavía sostiene esto que llamamos Asturias. Tractores de los de verdad, con barro en las ruedas y horas encima.
Bajaron a Oviedo como ya lo hicieron otras veces, con la parsimonia de quien está acostumbrado a esperar y la firmeza de quien ya se cansó de hacerlo. No bajaron por capricho, ni porque el gasoil esté caro, que lo está, ni porque se aburran en el pueblo. Bajaron por una palabra que suena a marca de coche pero que es más peligrosa que un jabalí con mala leche: Mercosur.
Mercosur, para la mayoría de nosotros, es eso que aparece en los telediarios como algo lejano, técnico, con señores trajeados firmando papeles y sonriendo mucho. El problema es que esos papeles, cuando se firman en Bruselas o en Estrasburgo, no se quedan allí: acaban cayendo como una losa en sitios muy concretos. Una cuadra de Tineo, una explotación de leche en Siero o una ganadería de carne en el Occidente.
Traducido al idioma de la calle, el pacto con Mercosur viene a decir lo siguiente: vamos a traer carne, leche y productos agrícolas de países donde se produce más barato porque las normas son menos exigentes, los controles más suaves y los costes infinitamente menores. Y luego vamos a pedirle al ganadero o al agricultor de aquí, con una sonrisa y un folleto de colores, que compita con eso. Así, a pelo.
Sí, aquí exigimos bienestar animal, controles sanitarios exhaustivos, trazabilidad permanente, papeleo infinito y una paciencia de santo. Aquí cada vaca tiene más papeles que un opositor. Allí, no siempre. Aquí se multa, se inspecciona y se aprieta. Allí, se produce barato. Resultado: el producto de fuera entra como Pedro por su casa y el de aquí se queda mirando desde la cuneta.
Y a eso vamos a sumarle una gestión de la fauna salvaje con la misma eficacia que una escopeta de feria. Lobos, jabalíes y corzos campan a sus anchas mientras al ganadero se le pide comprensión, paciencia y espíritu europeo. Mucho espíritu, sí, pero las cuentas no cuadran.
Así que no, no es una pataleta. Es pura supervivencia. El campo asturiano no pide privilegios: pide no jugar un partido amañado desde el saque inicial. Pide que, si las reglas son duras, lo sean para todos. Pide que no le llamen moderno y sostenible mientras le ponen la soga al cuello con una corbata verde.
Lo realmente triste es que muchos de los que el viernes se quejaban en Oviedo no volverán a hacerlo dentro de unos años. No porque se hayan rendido, sino porque ya no estarán. Cuando una explotación cierra no hace ruido, no corta calles ni colapsa plazas. Simplemente se apaga. Y luego vienen los lamentos, las nostalgias y los discursos huecos sobre la Asturias vaciada, como si no supiéramos todos cuándo empezó a vaciarse.
Por eso aquellos tractores eran nuestros. Porque cuando el último se vaya, no sólo perderán ellos. Perderemos todos. Y entonces Mercosur ya no será una palabra más en el telediario, sino una lápida con acento extranjero clavada en medio de nuestros praos. Sí, es lo que hay.
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