Opinión
El bulo como treta
Conocemos la liturgia que sigue a la catástrofe. Está perfectamente engrasada.Tras el pésame institucional –el rostro compungido y la frase escueta– viene la advertencia preventiva contra la utilización política del dolor, que curiosamente suele ser la primera forma de utilizarlo. Casi sin transición, tratándose además de Pedro Sánchez, llega la apelación a los bulos, ese comodín moderno que sirve tanto para desmentir una falsedad como para blindarse frente a cualquier pregunta incómoda. Los bulos se invocan en este tiempo antes incluso que circulen.
La politización de los siniestros no es un vicio nuevo, pero sí cada vez más desacomplejado. El accidente deja de ser un hecho que exige explicación y pasa a convertirse en un campo de batalla semántico. Ya no se discute qué falló, sino quién lo está contando mal. El foco se desplaza del suceso a su interpretación interesada, como si el problema no fuera el descarrilamiento de un tren y sí, en cambio, el hilo conductor del que lo menciona. Cuando la versión oficial apunta a qué se sabrá la verdad de lo que ocurrió, dónde estuvo el fallo, etcétera, es señal inequívoca que eso jamás ocurrirá. Sencillamente, porque detrás del fallo suele estar la negligencia, la falta de un mantenimiento adecuado por la ausencia de inversión, o una previsión errónea. El gran apagón es la prueba palmaria.
Con la treta del bulo no se responde a una acusación concreta. No se rebate un dato, se impugna cualquier sospecha difusa. Es una estrategia eficaz que convierte al Ejecutivo en víctima potencial de una conspiración informativa y, de paso, sitúa al ciudadano crítico en el incómodo papel de sospechoso. La demanda de responsabilidades queda bajo observación. Preguntar por el estado de las infraestructuras, por los sistemas de seguridad o por las decisiones presupuestarias previas empieza a sonar a eco de la desinformación.
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