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Un luto tras otro

Banderas a media asta en señal de luto.

Banderas a media asta en señal de luto. / Europa Press

En la madrugada del pasado jueves 15 de enero un techo se desplomó sobre la litera donde dormían dos hermanos de 18 y 12 años, y mató al que dormía en la de arriba, el mayor. Al pequeño lo rescataron herido de debajo de un metro de escombros, tuvo la suerte de que el mueble le protegió. La desgracia ocurrió en el municipio mallorquín de Manacor, que se preparaba para su fiesta más arraigada al día siguiente, en la víspera de Sant Antoni. En ella tenía que participar el joven fallecido Miguel Ángel Flórez, que tocaba el saxo en la banda municipal. Primogénito de una familia procedente de Cali (Colombia) instalada en la isla hace cuatro años, se había integrado de maravilla en su nueva vida: instituto, gimnasio, música. Sus amigos le lloraban incrédulos y conmocionados. Reunidos el ayuntamiento y las fuerzas vivas de la localidad, decidieron no suspender las fiestas, pero salpicar los actos más significativos de gestos en memoria de la vida truncada de Miguel Ángel. Al tiempo que se declaraba este duelo descafeinado, desde la misma institución se ofreció una información demoledora: la casa, que databa de 1900, jamás había pasado una inspección técnica. El consistorio no localizó ninguna solicitud de licencia de obras ni ninguna documentación relativa al estado de conservación del inmueble. Había, eso sí, un contrato de alquiler que alguien cobraba.

Este domingo por la tarde se produjo, como es sabido, el horrible accidente ferroviario en Córdoba con cuarenta fallecidos. Tras decretar el Gobierno tres días de luto oficial simbolizado por las banderas a media asta, y que implica la cancelación de la agenda institucional, el ayuntamiento de Palma decidió suspender por completo las actividades del programa de actos del patrón de la ciudad. Todas, desde las más multitudinarias, como los conciertos al aire libre, a veladas selectas como la entrega de los premios Ciutat de Palma. Ni siquiera hubo representación de autoridades en la solemne misa del patrón, dedicada a las víctimas de los trenes. Tal vez con el respaldo de una previsión meteorológica que prometía mucha lluvia y restaría impopularidad a la medida, el gobierno de la capital suprimió de un plumazo un Sant Sebastià que, con todo, sí quisieron celebrar muchos ciudadanos. Agrupados en cofradías, siguieron la costumbre y manifestaron su dolor por las vidas perdidas en los trenes y las familias destrozadas en forma de minutos de silencio en su memoria. Se negaron a darle la puntilla a una fiesta que pierde fuelle en beneficio de otras de nuevo cuño, sin tradición, pero más rentables social y políticamente porque se disfrutan en verano.

Quién sobreactuó ante una desgracia ajena porque tenía poco que perder, o quién se quedó corto ante una calamidad que debió evitar para no hurtar al pueblo la tradición amada, una vez al año. La gestión de los lutos empieza a ser una cuestión espinosa (lo malo e impensable ocurre con demasiada frecuencia) y en absoluto baladí, pues los precedentes se sientan y ahí se quedan. La proximidad hace que nos identifiquemos con las víctimas de los desastres, sean una o muchas. Podía haberme pasado a mí. Qué azar me toca en lo profundo: que descarrile el tren de alta velocidad; o que caiga el techo encima de un chaval porque la usura inmobiliaria pone en el mercado casas inhabitables, mientras las autoridades andan entretenidas mirando arder las hogueras.

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