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Quo vadis, Europa?

Quo vadis, Europa? resuena hoy con urgencia alarmante. Mientras la Comisión Europea, bajo la dirección de Ursula von der Leyen, despliega una narrativa de progreso y sostenibilidad, la realidad a pie de calle —y de mar— cuenta una historia radicalmente distinta: la de una desconexión profunda, creciente, entre las estructuras de Bruselas y el futuro productivo, la seguridad y soberanía de los europeos, y la integridad territorial de la Unión.

Se vende a la opinión pública una teórica simplificación administrativa (reconocimiento tácito del problema) para aliviar la carga de los sectores productivos. Sin embargo, esta promesa parece más un ejercicio de marketing que una voluntad política seria. La realidad es una creciente y aplastante burocratización comunitaria, principal lastre para la industria y los sectores primarios de la UE.

En lugar de fomentar la competitividad, la Comisión mantiene un rumbo que para muchos expertos se califica de destructivo. Se añaden sistemáticamente nuevas obligaciones que actúan como "palos en las ruedas" de nuestra economía demostrando una falta de sensibilidad preocupante hacia quienes sostienen el tejido social y económico de Europa.

El sector de la pesca es, quizás, uno de los ejemplos más sangrantes de esta deriva. De las numerosas nuevas exigencias de control (muchas absurdas), que entran en vigor este 10 de enero, dos medidas ilustran perfectamente cómo las buenas palabras se convierten en pesadillas operativas: El sistema e-Catch, presentado como el método definitivo para garantizar la igualdad de condiciones frente a las importaciones de terceros países, se ha revelado como una trampa burocrática, fuente de problemas desde el paso del simple registro en el sistema. Otra obliga a la flota artesanal a avisar de su llegada a puerto, con una antelación de 2,5 horas, ¡demoledora, carente de sentido! Ignorar la naturaleza impredecible, la realidad de la pesca de bajura, es ignorar la realidad de miles de familias europeas.

Mientras crecen las regulaciones obstruccionistas, se debilitan soberanía y seguridad alimentaria europea. Asfixiar a los agricultores y pescadores comunitarios con normativas que no se exigen con igual contundencia a los productos importados externalizará cada vez más nuestra dependencia alimentaria.

La historia es a menudo una maestra ignorada. Las causas del declive del Imperio Romano ofrecen paralelismos inquietantes: una administración central hipertrofiada, una carga fiscal y burocrática insostenible para sus ciudadanos y una creciente incapacidad para proteger sus fronteras e intereses económicos. Los europeístas convencidos asistimos con mezcla de perplejidad y temor a un modelo en el que la Comisión Europea parece haber olvidado para quién trabaja. Se debe rectificar un camino que, lejos de asegurar el futuro de una Unión necesaria y fuerte, parece pavimentar su irrelevancia. El futuro productivo, la seguridad alimentaria y la dignidad de los trabajadores europeos (los de tierra y mar) no pueden ser el precio a pagar por una visión burocrática desconectada de su realidad.

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