Opinión
La Transición en Asturias
Los artículos de Vaquero, materia prima para conocer una época que configuró el Principado
José Manuel Vaquero fue el notario de la Transición asturiana. Sus crónicas regionales, publicadas en la última página de este diario durante esos cruciales años, retrataban cada semana lo que se cocía en el ambiente político y social astur. Hasta hubo partidos que decidieron entonces incoar expedientes internos para conocer quién suministraba a Vaquero las noticias que publicaba. Los dos tomos [Crónica de la Transición, editada por el RIDEA] que ahora recogen toda esa insustituible información a buen seguro que servirán como masa madre de futuros panes históricos, sociológicos o incluso jurídicos, porque ya señala el Código Civil que los antecedentes legislativos resultan esenciales para una adecuada interpretación de las normas.

La Transición en Asturias
Quienes deseen adentrarse en el camino que nos ha llevado hasta aquí, deben antes acudir a beber a esta fuente Castalia, que es donde sacian su sed los clarividentes. Cientos de nombres salen en esas interesantes y entretenidas páginas, menos el del autor, que siempre ha preferido mantenerse en una luminosa sombra. Por ahí desfilan los protagonistas de unos momentos particularmente agitados, dándonos cuenta de los cotidianos enredos partitocráticos de cada una de las formaciones políticas, así como de los avances en el proceso autonómico o de los principales motivos de atención para aquellas generaciones de asturianos.
La lectura detenida de esta magna obra permite confirmar que muchas de las cosas que consideramos actuales no son más que meras repeticiones. Llevamos metidos en la rueda del hámster de lo público cinco décadas, pegados como llámparas a una economía que poco tiene que ver con la que mueve el planeta. El propio Vaquero lo explica con acierto en la introducción de su libro: "el pernicioso paternalismo estatal que nos hizo dependientes de la cultura de lo público cercenó nuestra iniciativa, sobradamente demostrada en cuanto traspasamos Pajares". Esa INIlandia mental de la que hablara Juan Cueto, unida a la omnipresencia sindical en cualquier ámbito, contribuyeron sin duda a una coyuntura que hubiera sido muy distinta de haberse forjado la autonomía con otros mimbres.
Con todo, y en este Principado en el que hasta la derecha es de izquierdas, o a veces lo parece, han sobresalido diferentes figuras dignas de mención. Vaquero considera a Rafael Fernández como el verdadero artífice de nuestra Transición, recordando aquella impactante fotografía suya postrado de rodillas ante la Santina en un día de Asturias en Covadonga, una festividad que, por cierto, había aceptado a regañadientes su partido, pero no los comunistas de la época, encantados con la idea de celebrarla cada 8 de septiembre. Torcuato Fernández Miranda, Sabino Fernández Campo, Juanín Muñiz Zapico, Horacio Fernández Inguanzo, Honorio Díaz, Aurelio Menéndez (y su universidad en el centro de Asturias), o tantos otros aparecen en esta crónica de los primeros lustros del advenimiento constitucional (1975/1983), inmortalizados al óleo por un maestro de la pintura política y social, que las lleva cazando al vuelo toda su vida.
Los avatares de nuestros sectores productivos también tienen su decisivo hueco en estos gruesos volúmenes, desde los más industriales y sus desafíos ambientales -como el que padeció con frecuencia la tierra riberana del autor, hasta los ligados al sector lácteo o pesquero. O al de los servicios sanitarios, portuarios o universitarios.
Especial interés suscitan los tímidos pasos dados para coronar la estructura institucional asturiana que se relatan en esta gran Crónica de la Transición. Desde los primeros proyectos preautonómicos elaborados a instancias de los inquietos miembros del partido de Tierno Galván en la región, hasta los titubeos preconstitucionales que nos dejaban sin Estatuto al no alcanzar el millón y medio de habitantes, ni ser tampoco territorio "histórico" en los peculiares términos de la futura Carta Magna. De ahí las propuestas de unirnos a León y/o Cantabria, sugeridas por algunos. El bable, dicho sea de paso, no se incluyó en los borradores estatutarios sino muy pero que muy al final del proceso, y realidades actuales como la Junta General del Principado o el Tribunal Superior de Justicia de Asturias tuvieron su génesis en estos decisivos momentos de epifanía autonómica, en los que hubo quien pretendió llamar al presidente del Principado "procurador general", rememorando la figura histórica del dieciséis.
Estas casi mil cuatrocientas páginas de intensa vida social, económica y política asturiana han tardado demasiado en volver a ver la luz. Y lo hacen ahora compactas por la feliz iniciativa del Ridea, una señera entidad que tiene por ley encomendado el fomento de los trabajos que tiendan a conservar, elevar e incrementar el acervo científico o cultural del Principado en todos sus aspectos. Desde su edición tienen ya los investigadores asturianos y los demás ciudadanos a su entera disposición una materia prima insuperable para poder penetrar en una prodigiosa década del siglo pasado que nos ha configurado como pueblo, y que ha tenido en José Manuel Vaquero al mejor observador y cronista posible.
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