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Uso y abuso del relato

Una palabra que los políticos llevan pegada a la boca como si fuera una caries

Los políticos se desviven por controlar el relato. Repiten esa palabra con la gravedad de quien custodia el fuego sagrado, como si fueran Borges y estuvieran reescribiendo “Ficciones”. Pero ¿qué es el relato para ellos? ¿Un jardín de senderos que se bifurcan? No. Ni siquiera una forma de comprender la realidad, sino de anestesiarla: una capa de maquillaje para tapar el hematoma de los hechos.

Han degradado la palabra hasta convertirla en sinónimo de coartada. Relato es hoy la excusa para vender su versión de la verdad, la promesa con fecha de caducidad impresa en letras de molde. Relato es llamar diálogo al monólogo.

También la oposición escribe su relato, que no es más que el mismo traje en otro color: idéntica tela, distinta corbata. Donde unos fabrican la épica de la gestión, los otros escriben la tragedia de la resistencia. Entre ambos se reparten la platea del teatro, mientras el público paga la entrada y aplaude mientras devora un cartón de palomitas.

Esta gente no domina el arte del relato; en todo caso se ejercita en el arte del cuento. Son cuentistas que utilizan el mismo plato recalentado servido en vajilla distinta.

No confundamos esta farsa con literatura. Estos tipos no son ni Cortázar, ni Maupassant; ni Poe ni Chejov. El problema no es que inventen historias. El problema es que gobiernan como si todo fuera ficción y el ciudadano un lector cautivo sin derecho a cambiar de página. Nos condenan cada día a un chiste malo que envuelven en celofán para que parezca narrativa. Pero no se engañen: no son narradores, sino vendedores de humo y crecepelo.

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