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Presupuestar es de cobardes

Un Gobierno en prórroga interminables, en los apoyos y en las cuentas

Hay gobiernos que gobiernan; y luego está el nuestro, que hace malabares sin red, sin contar con el Parlamento y sin capacidad para echar cuentas. ¿Para qué someterse a ese engorro democrático del artículo 134 de la Constitución que exige presentar cada año un Presupuesto General del Estado, pudiendo improvisar con las cuentas de 2022, como quien reaprovecha las sobras recalentadas del domingo? Sánchez prepara croquetas con los restos del cocido y pretende hacernos creer que el plato es una delicatessen de tres tenedores. La innovación institucional consiste ahora en gobernar por inercia: si el país sigue en pie, será por costumbre.

Nos dicen, con una sonrisa zen, que los Presupuestos “no son indispensables”. Claro que no. Tampoco lo son los frenos en un coche, hasta que llega la curva. Mientras tanto, se gestiona la dana, el ferrocarril y la política internacional con la misma técnica que una reforma chapucera de pepe Gotera y Otilio: cinta aislante y parches Sor Virginia.

Se hurta al Parlamento decidir las prioridades nacionales. Fiscalizar el gasto es una antigualla liberal, decimonónica, como la separación de poderes. Lo moderno es el “ya veremos”, el fondo soberano de emergencia, la compra estratégica de empresas en sobremesa y la financiación autonómica sin números, que es la versión política del “te invito yo, pero paga tú”.

El Gobierno sigue en la Moncloa como quien se queda en una fiesta cuando ya han apagado la música y recogido los vasos. Viven permanentemente en la prórroga, abonados como están al empate a cero y al noble arte de mirar al techo.

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