Opinión
¿Qué hacemos los fans de Pitágoras?
Desde niño admiré a Pitágoras; lo conocí en mi libro de Matemáticas, en un grabado del siglo XVIII, de perfil, con un ojo y una oreja; pinté su barba de amarillo y la túnica de azul, y así se conserva, sin canas ni calvas. Me enganchó a primera vista y me fidelizó contándome que la suma de los cuadrados de los catetos de un triángulo rectángulo eran iguales al cuadrado de la hipotenusa, lo que vendría a resolver tantos problemas en mi vida. Luego me admiró su respeto por los animales, no comía carne ni vestía pieles, si bien me decepcionó un tanto su sectarismo: dividía a las personas en matemáticos, es decir, con derecho a acceder al conocimiento, y acusmáticos, los que sólo pueden escuchar; de él también aquello de "Ipse dixit": "¡Porque lo digo yo!"; lo decía y lo demostraba, es cierto, pero eso de "Ipse dixit" está feo.
Y ¡ay!, el demonio son las cosas, su prestigio acaba de periclitar para mí, al carajo sus triángulos, su armonía de las esferas y movimientos celestiales, su sistema de construcción de la escala musical, a freír espárragos su destreza con la lira, sus poéticas, su filosofía del infinito y más allá, porque inscripciones descubiertas en la colina de Kastro, en el Egeo, acaban de desvelar, entre otras lindezas, que Pitágoras de Samos, hijo de Mnesarco y Pitaide, que tuvo con Téano de Crotona a Damo y a Telauges, procreó fuera del matrimonio varios hijos naturales, a los que, acusmáticos o no, jamás dirigió la palabra.
Si un sabio, por listo que sea, desprecia a sus hijos, ¿qué puedes esperar del resto de sus paridas? Vale que esa perversión suya se acrisola y alumbra; vale que sus teoremas lo redimen, que del estiércol salen flores, que la ostra es un defecto de la perla, pero cómo me indigna imaginar que mientras los pequeños pasaban hambre, mi rubio barbudo de manto azul contrataba esclavas bizcas, las más caras, para lamerle la hipotenusa, y se iba al monte de buena mañana a celebrar con sus discípulos el amanecer.
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