Opinión
La gestión de lo cotidiano
Los incidentes en Rodalies y el colapso recurrente de infraestructuras viarias en Catalunya no son un episodio aislado ni una concatenación de infortunios. Son un ejemplo de la dificultad de los gobiernos contemporáneos para gestionar la cotidianeidad. La política tiende a concentrarse en lo excepcional -grandes reformas, anuncios estratégicos, planes de choque-, pero la legitimidad se construye en el terreno de lo prosaico: que los trenes circulen, que las carreteras sean seguras, que el agua llegue a los hogares. Y cuando esto falla, el descrédito institucional se acelera, porque la ciudadanía juzga la acción pública desde su experiencia cotidiana.
Hace un año, Catalunya atravesaba una sequía que obligó a aplicar severas restricciones. Entonces se evidenció que, durante años, se habían postergado proyectos estratégicos, como las desaladoras, que habrían permitido amortiguar el impacto de un fenómeno perfectamente previsible en un contexto de cambio climático. Hoy, de manera paradójica, el problema ya no es la escasez de agua, sino el exceso de lluvias. De nuevo, la meteorología actúa como detonante, pero no como causa última, provocando accidentes ferroviarios, interrupciones del servicio y colapso de infraestructuras viarias. Las lluvias intensas no son un fenómeno inesperado; lo es que sistemas críticos no estén preparados para soportarlas con un mínimo de resiliencia. Cuando una red ferroviaria -y viaria- falla de manera reiterada ante sucesos climáticos relativamente predecibles, la causa no es la fatalidad, sino déficits de previsión, inversión y mantenimiento.
Esta incapacidad para gestionar la normalidad -incluso ante episodios excepcionales pero previsibles- revela un grave problema de la gobernanza contemporánea. Los gobiernos operan bajo lógicas de corto plazo, condicionados por calendarios electorales, restricciones presupuestarias y una creciente fragmentación competencial. Unas circunstancias que convierten el mantenimiento en algo poco rentable políticamente, quedando relegado hasta que su ausencia se manifiesta en forma de fallo del sistema. A lo que se añade una arquitectura institucional compleja que diluye responsabilidades, como en el caso de Rodalies, donde la superposición competencial facilita la atribución cruzada de culpas, pero dificulta una rendición de cuentas efectiva, algo del todo irrelevante para el ciudadano que solo aspira a desplazarse con normalidad.
Y en este contexto, la única administración que parece funcionar a la perfección es la tributaria. Justo la que no presta servicios al ciudadano, sino que se sirve de él. La eficiente puntualidad en el cobro de impuestos contrasta con la precariedad en la prestación de servicios, circunstancia que alimenta la percepción de asimetría: el Estado exige con rigor pero responde deficientemente. Una disonancia que erosiona la confianza institucional y refuerza una visión del Estado como aparato extractivo más que como garante del bienestar.
Suscríbete para seguir leyendo
- Lidia Martínez se jubila tras 40 años como cajera de la primera gran superficie que tuvo Asturias: 'La inmensa mayoría de la gente con la que traté fue maravillosa
- La borrasca 'Oriana' descargó en Asturias el segundo chaparrón más grande de toda España: casi 70 litros por metro cuadrado
- Luz verde para que Costco se instale en Siero: 170 empleos en tres años y una decisión que causa división en el Gobierno de Barbón
- El tercer gran bulevar de Oviedo toma forma con la conexión de un barrio que lleva años aislado
- Mañana se formarán colas kilométrica en Action para conseguir el conjunto de cama más barato del mercado: disponible en tres colores y se seca más rápido que otros tejidos
- Fallece un motorista de 54 años en un accidente de tráfico en Posada de Llanera
- Los artilugios de Galiana se convierten en fallas: la peña Ébano vence en el Descenso y el Abuelo Anselmo y los Piniellanos la acompañan en el podio del día grande de Avilés
- Un altercado en un supermercado del centro de Gijón obliga a intervenir a la Policía
