Opinión
La nobleza de un padre y el silencio heredado
Las ausencias de los seres queridos y la forma de gestionarlas tanto a nivel individual como colectivo
Manuel Ruiz de Bucesta es canciller del Real Cuerpo de la Nobleza del Principado de Asturias
Honrarás a tu padre y a tu madre. —Efesios 6:2
Cuando mi padre murió, todo cambió. Las piezas de mi estrecho mundo, moldeado con absoluta ingenuidad, se desplomó estrepitosamente y de manera insalvable. Durante años, soñé —como aquel que aguarda una redención imposible— con la esperanza de verle regresar. ¡Cuánto desee abrazarle, una vez! Volvería solamente para eso, para rodearle en mis brazos, cogerle de las manos y, vencido por la emoción, susurrarle por primera vez que le quiero. Ciertamente, no recuerdo habérselo dicho nunca.
Un día se marchó sin decirnos adiós. Yo apenas contaba catorce años y el desamparo que sentí fue grande, no obstante, siempre pensé que ese pesar no había sido lo peor. Mis hermanos de cuatro, nueve, quince y dieciséis años, también quedaron solos, y entretanto mi madre, en su rectitud y fuerza, se puso al frente de la casa. El tiempo pasó y una de las cosas que más dolor me ha causado en estos años es no haber compartido con ellos ese duelo. Jamás les pregunté nada, ni exploré sus penas, ni sus carencias, ni tampoco me atreví a preguntarles si necesitaban una palabra o un consuelo. Cada uno asumió esta pérdida como mejor supo, como nos había enseñado nuestro padre, que es cumpliendo con la más noble y española de las tradiciones, el silencio y no mostrar angustia.
En nuestra casa las emociones no se exponían. No se trata de simple frialdad, desapego o indiferencia, es en todo caso por una razón de transmisión y educación. Así fue y aún es, porque nos enseñaron que la nobleza debe de contenerse en el gesto, medir la palabra, ser pródigos en el deber y sobrios en el afecto. Se enseñaba siempre que la cortesía prefería sobre todo ofrecer firmeza que desbordarse en ternuras, ¡así nos criaron! Heredamos —todos en casa— una educación ciertamente decimonónica, fruto de la enseñanza y el rigor que mis abuelos imprimieron en mi padre y él en nosotros. Nada en mí ha escapado a ese influjo de tiempos viejos, de normas fijas y de formas rigurosas.
No recuerdo —y realmente lo digo sin amargura— un solo abrazo de mi padre, ni siquiera una caricia o una palabra dulce. En nuestra casa no se prodigaban las demostraciones apasionadas como acostumbraba el resto. Pero en este instante, mientras escribo estas líneas, todavía me vienen a la memoria sus silencios y su manera de mirarnos, su entereza, pero sobre todo su ingente cultura. Mi padre, en sus gestos, contenía una forma de amor severa, alta y antigua, como si fuese de otro siglo. Por aquel entonces se enseñaban —sin halagos ni pamplinas, siempre con el ejemplo— valores como la cortesía, la honradez, el respeto al prójimo y, sobre todo, el significado del honor y la palabra.
Hoy admito que durante mucho tiempo le culpé de haberse ido sin despedirse. Se marchó sin un adiós, ¡qué pensamiento tan injusto y ligero! Y ahora, hoy, siento que he sido un niñato, un atolondrado que era víctima del egoísmo, un caprichoso incapaz de comprender que hay amores que no se expresan con palabras, sino con actos. Aquel buen hombre, mi padre, que parecía tan recto y serio, en realidad me dio lo más grande que poseía que era su tiempo, su entrega, su ejemplo y su educación.
Vivió lejos porque siempre andaba embarcado, pues era marino y su oficio lo llevaba a andar el mundo. Mientras tanto nosotros esperábamos ansiosos su llegada. Apenas lo teníamos en casa unos días al año y aun así, ¡qué alegría tan enorme cuando íbamos al puerto a recibirle! Corríamos hacia él, no por los presentes, sino porque era él, era nuestro padre que había regresado.
Siempre esperé de él una buena palabra, nunca un gesto de afecto como veía en mis amigos. Pero con el tiempo comprendí que realmente he sido un ingrato. Nunca le agradecí su sacrificio, ni tampoco sus años de soledad en el mar, la lejanía familiar, y más si cabe, porque sabía bien que él era el primero en levantarse y el último en acostarse. Todo lo hizo para enseñarnos bien y mostrarnos la dignidad de cómo vivir.
Papá, te echo de menos y es mi sentimiento desde hace décadas. Es un dolor callado que nunca mengua. Hoy sueño que tal vez un día nos reencontremos y en ese instante te abrazaré, te miraré y te diré que te quiero. Es posible que también podamos hablar tantas cosas que dejé pendientes y además enseñarte que tu esfuerzo no cayó en el olvido. Papá, ese día te cogeré las manos y querré darte las gracias por la herencia que me dejaste y también por la fortuna de haber sido —con orgullo inmenso— tu hijo.
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