Opinión
El envenenado regalo de los dioses
La aceptación social de las redes sociales, sin cuestionamiento
Fue como un don inesperado del cielo que llenaba nuestro futuro de esperanza. Nos llegaron las llamadas redes sociales y todo su complejo entramado como si fuesen el mejor regalo que nos otorgaban dioses benevolentes para mejorar nuestras vidas. Y nos creímos sus promesas a pies juntillas.
Acogimos a las redes sociales fascinados, con devoción ciega, creyendo que era la gran bienaventuranza que nos permitiría acceder al conocimiento sin límite, que haría posible la comunicación con quien deseáramos en cualquier momento y en cualquier lugar; que, propiciadas por esos inventos prodigiosos, la conversación y la amistad sincera surgirían por doquier, y que tales dádivas serían la llave que nos abriría la puerta a la verdad, a la sabiduría, a la libertad, a la concordia y, en consecuencia, a la anhelada felicidad.
Aceptamos sus bondades sin cuestionarlas. Como todo lo que viene de las alturas, lo recibimos con sumisión. Los dones de los dioses no se discuten.
Y si muchas y muchos nos sentimos frustrados, no fue por no aceptar ese magnánimo obsequio, sino por ignorancia vergonzante de no saber manejarnos con soltura en la maravilla que las todopoderosas deidades nos ofrecían.
En sus mensajes desde las alturas, las divinidades afirmaban que nos habían concedido esa gracia, espléndidos ellos, para que los seres humanos de cualquier condición fuésemos capaces de pensar por nosotros mismos, dado que siempre dispondríamos de información veraz, clara, entendible y precisa que nos permitiría formar criterios sólidos. Esto es, nos aseguraban que íbamos a ser autónomos, que tomaríamos nuestras propias decisiones por encima de cualquier manipulación; es más, nos aseguraban que ya no habría ninguna manipulación.
Poco a poco, muy poco a poco, empezamos a darnos cuenta de que esos regalos no nos los proporcionaban generosos dioses, sino que nos los ofrecían personas de carne, hueso y concepciones del mundo muy concretas y muy apegadas a los pingües beneficios económicos; esto es, muy vinculadas al poderoso caballero don Dinero. Y fuimos viendo, como si se tratara de algo normal, que la fortuna de los dioses crecía de manera incesante mientras nuestra dependencia a su "desinteresado" obsequio aumentaba de manera alarmante.
Cual si hubiésemos vivido un largo sueño lleno de seductoras promesas, despertamos y empezamos a descubrir, sobresaltados, que esos inventos liberadores habían sido diseñados para domesticar nuestras mentes, que los diosecillos habían pretendido, ya desde el principio, que quedáramos enganchados en sus tentadores artilugios, pues su intención secreta era uniformar nuestros gustos, nuestra manera de ser, de estar y de pensar. Nos sedujeron, y nos siguen seduciendo, para llevarnos de la deseada liberación a la indeseada sumisión.
Los diosecillos nos incitan a asentir, no a disentir.
Aquella dadivosa gracia resultó ser un regalo envenenado.
En nuestra obnubilación, nos olvidamos de aquello que nos enseñaron sabios de otras épocas, como Henry David Thoreau, quien, ya a mediados del siglo XVIII, nos advertía: "Todos nuestros inventos no son sino medios mejorados para fines no mejorados".
Así, pongamos, sin haber conseguido el fin de haber mejorado nuestra capacidad de escuchar y de conversar, los nuevos inventos tecnológicos amplificaron no la comunicación, sino la incomunicación. Y, para colmo, potenciaron la frivolidad, los agravios y los bulos.
Y de todo esto son muy conscientes sus creadores. El historiador Timothy Snyder, refiriéndose a Silicon Valley, el cielo en el que habitan los dioses, se pregunta y nos pregunta: "¿En qué se parecen los narcos americanos a los tecnócratas de Silicon Valley?". Y nos responde: "En que ambos venden sustancias adictivas y ambos protegen a sus hijos de la tecnología y de las drogas".
En una de las tantas demandas que se interpusieron, y se siguen interponiendo, en EE UU contra las elevadas divinidades, se decía: "Las empresas sabían que sus productos podían dañar a los niños y no lo evitaron".
La perversidad de las redes queda patente en ese creciente número de jóvenes de todo el mundo que precisan tratamiento psicológico para superar su adicción, y en la propagación de falsedades, en la polarización del pensamiento y en los testimonios y las pruebas aportados por quienes las pusieron en marcha y ahora se arrepienten de lo que han contribuido a desarrollar y lo ven muy difícil cambiar. Y ven muy difícil cambiarlo porque sus popes pretenden que todo siga como ellos quieren que siga para continuar incrementando sus insaciables beneficios.
Aunque también temen que entre los pobres mortales surja, de forma inesperada, un David humano, muy humano, que con un simple tirachinas y una piedrecita derribe al gigante Goliat. Y temen, aún más, que todos a una, como en Fuenteovejuna, seamos ese David.
Por eso intentan, a toda costa, que los jóvenes no sepan quién era David, quién era Goliat, ni qué significa eso de "todos a una", como en Fuenteovejuna.
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