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Opinión

Alimento en medio del invierno

Las dificultades de las aves para comer en una estación marcada por la escasez y el frío

Dos herrerillos en un rosal silvestre en pleno invierno asturiano

Dos herrerillos en un rosal silvestre en pleno invierno asturiano

Este invierno ha comenzado con temperaturas excepcionalmente bajas y nevadas en amplias zonas de España. Precisamente en unas situaciones similares fue tomada la fotografía de esta entrega. En ella vemos a dos herrerillos comunes (Cyanistes caeruleus) posados sobre una rama de rosal silvestre. Sus frutos, los escaramujos, con ese rojo intenso y profundo, destacan de forma preciosa sobre el blanco de la nieve y crean un marco natural perfecto para estas pequeñas pero vistosas aves.

La imagen fue tomada a mitad de un mes de enero tan frío como el de este año y al observarla recientemente en una ampliación que tengo expuesta en El Manantial, en Oviedo, se me ocurrieron algunas reflexiones. La fotografía es una panorámica compuesta por dos imágenes distintas, tomadas con menos de un minuto de diferencia. No fue especialmente complicada de realizar: bastó una buena nevada, una rama de rosal silvestre recogida en el entorno, una luz adecuada, sobreexponer la toma, ya que la nieve refleja la luz con mucha intensidad, y algo de comida para aves cuidadosamente escondida entre la nieve.

Y es precisamente este último detalle del que quiero hablar. Durante los meses más fríos del año las aves lo tienen especialmente difícil para encontrar alimento. Los insectos desaparecen bajo tierra, las bayas y frutos ya han sido recolectados o consumidos, y las duras condiciones climáticas –nieve, lluvia y heladas– complican aún más la búsqueda de semillas. A esto se suma que los días son más cortos, lo que reduce el tiempo disponible para alimentarse. Además, en invierno, las aves necesitan un aporte extra de energía para mantener su temperatura corporal. Cuando el alimento escasea y el frío aprieta, muchas no logran sobrevivir, especialmente tras largas noches de heladas. Por todo ello, instalar un comedero en balcones, terrazas o jardines puede ser una forma sencilla y muy efectiva de ayudar a las aves a superar el invierno, al mismo tiempo que nos permite disfrutar de su presencia más de cerca.

En países vecinos esta práctica es habitual desde hace décadas, y si hay auténticos campeones en este sentido son los habitantes del Reino Unido. Allí, la RSPB (Royal Society for the Protection of Birds), la mayor organización europea dedicada a la protección de la vida salvaje, cuenta con más de un millón de miembros, más que los afiliados de los tres principales partidos políticos británicos. Es raro encontrar una casa sin comederos para aves, prueba clara de la profunda conexión cultural que existe allí con la observación de la naturaleza. Ahora bien, si decidimos colocar un comedero, es fundamental hacerlo correctamente para no causar más perjuicio que beneficio. Lo primero es elegir bien el alimento. No vale aprovechar restos de pan o bollería, ya que estos productos pueden resultar muy dañinos. Los alimentos con azúcar, sal, lactosa o cocinados no son adecuados. Lo ideal es ofrecer cacahuetes o frutos secos al natural troceados, o pipas de girasol crudas. Para atraer a un mayor número de especies, especialmente insectívoras, también pueden utilizarse bolas de sebo ya preparadas, que suelen incluir semillas y pipas en su interior. Son fáciles de encontrar en tiendas especializadas o por internet y resultan muy eficaces. Tan importante como la comida es el lugar donde se coloque el comedero.

Nunca debe situarse cerca de ventanas o cristaleras, contra las que las aves puedan chocar. Y si el entorno es accesible para gatos, habrá que asegurarse de que el comedero quede fuera de su alcance. Y aquí es inevitable detenerse en un problema serio y a menudo poco considerado. Los gatos son una de las principales causas de mortandad de aves en muchos países. En Estados Unidos, por ejemplo, se estima que son responsables de la muerte de unos 3000 millones de aves cada año. En el Reino Unido, solo las presas que los gatos llevan a sus hogares podrían alcanzar los 60 millones de aves anuales, siendo el número de presas que los felinos domésticos traen a sus hogares inferior a un cuarto de lo que cazan. Aunque sean mascotas, los gatos conservan intacto su instinto cazador. Y, por desgracia, muchos se escapan y acaban asilvestrándose, convirtiéndose en una amenaza constante y silenciosa para las aves que habitan nuestros entornos naturales. Es triste pensar que detrás de muchos gatos asilvestrados hubo una vez un hogar.

Para evitarlo, es fundamental fomentar la esterilización, asegurar las viviendas y promover la identificación y el cuidado responsable de nuestras mascotas. Pequeños gestos que, sumados, pueden marcar una gran diferencia para la fauna que nos rodea y también para los propios animales que dependen de nosotros.

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