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¿Qué fue del noble arte de discutir?

La pérdida de la capacidad de dialogar sin insultos

El fenómeno no es nuevo. Sin embargo, se extiende como la pólvora. Y, a mayor velocidad y con mayor inquina, se desboca ante un acontecimiento trágico. Por si no fuera ya lo suficientemente dañino para nuestra convivencia, armamento de última generación, como son las redes sociales, ha contribuido a que nuestras formas de comunicarnos se hayan vuelto aún más virulentas y traumáticas.

Me refiero a lo que tan bien define la muy española expresión de "tirarse los trastos a la cabeza". Lo que viene a significar "disputar o reñir con vehemencia". Nada que ver con "discutir", que la Academia de la Lengua –aún hay que confiar en ella– describe, en su primera acepción, como algo "Dicho de dos o más personas: examinar atenta y particularmente una materia". Y de lo que nos ofrece los sinónimos "analizar", "examinar", "estudiar", "tratar", "deliberar" o "razonar".

Lo que estamos viviendo en España encaja mejor con la segunda acepción: "Contender y alegar razones contra el parecer de alguien". Aquí no examinamos detenidamente un asunto, no deliberamos sobre él y mucho menos lo razonamos. Aquí nos arrojamos reproches a la cabeza, crucificamos al interlocutor por ser quién es, nos da igual lo que diga o haga y elevamos el tono de los insultos hasta extremos atronadores.

Si esas descalificaciones, esos exabruptos, ese lenguaje violento, resultan estomagantes para quienes somos meros espectadores de la actualidad, no puedo imaginar qué aflicción provocarán en las almas dolientes de los cientos de familiares y amigos que han perdido a un ser querido, ya sea en el accidente ferroviario de Adamuz o en las inundaciones provocadas por la dana en Valencia.

¿En qué estamos pensando cuando lanzamos invectivas contra nuestros rivales políticos? ¿Con qué autoridad nos atrevemos a señalar responsables, e incluso llamarlos asesinos, sin más prueba que un tuit? ¿Dónde ha quedado nuestra empatía con las víctimas y con los que están trabajando para esclarecer los hechos? ¿Quiénes somos nosotros para decirles a los deudos si tienen que enjugar sus lágrimas en un homenaje laico, en un funeral o en la más estricta intimidad?

Bien está censurar lo que está mal hecho. Se puede criticar sin gritar ni insultar. La verdadera crítica requiere de argumentos y razones, no de sentimientos o pareceres. De hecho las inconveniencias y los alaridos no descalifican a quien van dirigidos, sino a quien los lanza.

La agresión verbal se ha convertido en el pan nuestro de cada día. Ya no solo es el desgraciado accidente de Córdoba. Nos agredimos por todo. Somos adictos al "de qué se trata que me opongo". El cierre de una librería en el barrio de Malasaña en Madrid nos divide entre hipsters pijoprogres y capitalistas gentrificadores. La celebración de unas jornadas sobre la guerra civil en Sevilla, con 35 personajes de la cultura y políticos de todos los signos, desata una andanada de críticas sobre quién debe participar y quién no y una agria polémica sobre lo adecuado del lema "La guerra que perdimos todos". Un documental en una plataforma minoritaria sobre la violenta reacción a la sentencia del procés reabre las heridas entre nacionalistas y no nacionalistas. Y así todos los días.

El fenómeno, aunque lo nuestro nos duela más, no es solo español. El economista serbo-estadounidense Branko Milanović, uno de los mayores especialistas mundiales en desigualdad económica, se lamentaba la semana pasada en un artículo de que los debates políticos habían perdido todo su sentido. Hoy en día, decía, es imposible que la gente vea las cosas de forma diferente, reconozca que otros pueden verlo de otra manera o cambie sus opiniones, aunque sea mínimamente. Como solución, o más bien resignación, sugería "leer, observar, escuchar y reflexionar, que lleva a la gente a formarse y luego a cambiar de opinión, porque soy muy escéptico de que la discusión directa lo consiga".

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