Opinión
Soltar la mano
Tenía que pasar, así, sin drama alguno, sin música de película norteamericana ni cámara que grabara la escena o mi cara en primer plano. Tenía que pasar y pasó, porque es ley de vida, esa expresión horrible que sirve tanto para la muerte como para el envejecimiento, pero nunca para nada bueno. Nadie te dice que sea ley de vida enamorarse o tener un hijo o que te asciendan en el trabajo. Te lo indican cuando alguien se muere o se va de casa o te salen las primeras arrugas. O cuando tu hijo pequeño se suelta de tu mano porque se cruza con un grupo de amigos, y ese pequeño gesto, esa nimiedad, te coloca de pronto en la casilla de salida. Ya no eres mamá, ni la mano que se busca en medio del tráfico o el bullicio, eres esa señora mayor que se sigue empeñando en acompañar a quien ya no quiere seguir siendo acompañado. Entonces, solo tienes una opción digna, que es la de irse apartando poco a poco, a tirones, como un coche con muchos kilómetros al que le cuesta arrancar y aun así sigue rodando.
Te alejas, observas a otra distancia, mides las palabras con el mismo cuidado con que prepararías una mezcla explosiva o una crema pastelera. Con ese mimo, con esa dedicación, sabiendo que todo puede saltar por los aires o quemarse si los ingredientes no están bien mezclados: una pregunta, una retirada, un amago de caricia, una mano que se pierde en el aire justo antes de que tu hijo desaparezca dentro del autobús, su mirada dirigida siempre al lado contrario. Esa opción. La justa. La recomendable. La otra, la de ser colega, decir qué pasa, tronco, eso tan antiguo, imitar el saludo gestual de sus amigos, empollar términos de videojuegos para tener tema... eso realmente es lamentable. Yo lo respeto, por supuesto, porque en el amor todo vale, pero prefiero aguardar en un lugar seguro, donde las cosas duelan, pero menos, esa media distancia desde la que se puede preguntar, hablar, acompañar sin ser molesta. Ese instante en que su mano suelta la mía, como por azar, y empieza a abrirse un hueco, una fisura que se convertirá en abismo, hasta que sea él (siempre son los hijos los que empiezan) el que tienda un puente, un peldaño, toda una escalera, y ya no haya vergüenza en sentir el afecto. Mientras, sin dramas ni películas de sobremesa, me aparto al borde del camino. Y el adolescente, que era un niño hasta esta mañana, se marcha sin mirar atrás no sea que se le noten la seguridad impostada, la fragilidad, el miedo, la prisa por alejarse y la absoluta certeza del regreso.
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