Opinión
Gobernar ¿para qué?
El que decida introducirse en el mundo de la política y quiera de verdad saber algo de ella, en algún momento tendrá que leer el texto de la conferencia que Max Weber, un científico social infinito, pronunció en enero de 1919 en Munich por invitación de una asociación de estudiantes universitarios. El discurso, ampliado después en su versión escrita, espera a los interesados en su lectura en varias ediciones en español, todas excelentes. En aquella memorable ocasión, el autor dio todas las vueltas posibles al oficio y entre otras cosas de gran enjundia, dijo. "Quien hace política, aspira al poder. Al poder como medio al servicio de otros fines (egoístas o idealistas) o al poder por sí mismo, para gozar del sentimiento de prestigio que da". Weber planteó la interacción entre fines y medios, el tema central de "El príncipe", la obra de Maquiavelo precursora de una concepción moderna y realista de la política, y suscitó la cuestión de si el político debía actuar nada más que según sus convicciones o teniendo en cuenta las consecuencias. No hace falta decir que apenas quedan políticos idealistas, noticia que Weber, por un lado, estaría celebrando.
La reflexión weberiana sobre la política recobra actualidad y resulta especialmente oportuna para la coyuntura española. Una columnista de la prensa catalana ha pedido ayuda para descifrarla a una aplicación de la inteligencia artificial y cuenta que se hizo un lío. Concluye, con humor, que la política española, una especie de camarote de los hermanos Marx, dice, ha enfrentado con su límite la tecnología más poderosa jamás creada. Y es cierto que la política, tal como se hace en estos tiempos, es poco menos que imposible de entender con las categorías convencionales. Esto no solo ocurre en España. Quizá estemos en una crisis histórica y el síntoma inequívoco, detectado por Ortega y Gasset con su lucidez habitual, sea que "nos pasa que no sabemos lo que nos pasa".
El Gobierno lleva al Congreso para su convalidación un decreto, apodado ómnibus, con un buen número de medidas que nada tienen que ver unas con otras. La oposición había advertido de su desacuerdo con la tramitación de la mezcla y el decreto es rechazado. Entonces, el Gobierno acusa al PP de no querer la subida de las pensiones y se niega a someter a votación por separado esta medida, tal como le piden varios grupos parlamentarios. La pregunta, de cajón, es ¿por qué no hacerlo así, si es un objetivo prioritario compartido por una mayoría de la Cámara baja? ¿Acaso el Gobierno prefiere una derrota total a otra parcial?
El Gobierno alcanza con Podemos, partido que ha ido al choque con la coalición de la que se separó, un acuerdo que permita regularizar a todos los inmigrantes sin papeles que reúnan unos requisitos mínimos. Según cierta interpretación, la pretensión de Pedro Sánchez con este acuerdo es atraer a Junts para que vuelva a alinearse con el Gobierno en el Congreso y así la legislatura pueda alargarse en un ambiente más calmado. A tal fin, Podemos tendría que aceptar la transferencia a la Generalitat de las competencias en inmigración, que el Gobierno tenía pactada con Junts, y a la que se había opuesto radicalmente con el argumento de que los independentistas catalanes mostraban intenciones xenófobas. Cabe preguntar si el primer objetivo del Gobierno es una regulación legal de la inmigración o si, por el contrario, está dispuesto a lo que sea con tal de seguir en el poder.
El presidente del Gobierno, cuando valora su actuación o se defiende de las críticas, apela siempre a comparaciones ventajistas con la gestión de los gobiernos anteriores del PP, sobre todo exhibiendo cifras de gasto público. Pero ahora se va confirmando algo que salta a la vista y ya intuíamos; que en los últimos años el mantenimiento de las carreteras y los raíles ha sido descuidado. Pedro Sánchez ha pedido empatía con los familiares de las víctimas y los heridos del accidente de Adamuz, pero ha preferido no acudir al funeral. La empatía es una palabra frecuente en el vocabulario del presidente, que dirige un Gobierno sin presupuestos, pero espléndido a la hora de repartir, en minoría, formado por partidos que fueron derrotados en las elecciones, y que sin embargo se empeña en imponerse, con el Congreso a favor o en contra, por las buenas o por las malas, porque no puede haber dudas de que lo que hace es bueno para los españoles y está en el lado correcto de la historia. Y así podríamos seguir poniendo ejemplos de un modo de proceder que parece ser coherente solo con el ejercicio del poder, cualesquiera que sean su coste y sus consecuencias.
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