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La habitación del pánico

Alquilar una habitación en España cuesta de media 521 euros al mes, es decir, un 62% más que hace cinco años. Hace una década costaba la mitad. Son datos de Fotocasa. Si los dueños de este portal hubieran sabido el éxito que iban a alcanzar le habrían puesto otro nombre más cool, quizás. Más guay. Fotocasa suena a nombre improvisado, casero, nunca mejor dicho.

521 pavos. Si los tienes y tu vida cabe en 10 metros (se agradece armario empotrao) tienes hogar o picadero o posibilidad de emancipación. Quizás vistas al oleaje o a la autovía, a un boulevard o a un erial. Y vistas, también, a tus compañeros de piso. Cocina por turnos, peleas por el mando a distancia.

Alquilar una habitación era antes cosa del jacarandoso estudiantado. Ahora han cambiado los modelos de convivencia y familia, han cambiado los precios y lo de la habitación es recurso para el separado, para el solitario, para el pobre o para el pobre que incluso con trabajo y sueldo no puede pagar esta locura de precios. Ancianos que alquilan una habitación para mitigar la soledad y completar la pensión.

Antes si alguien decía me voy a mi habitación era porque estaba en su casa y se había hartado de ver la tele en el salón. Ahora si dice me voy a mi habitación puedes estar en el trabajo o en el bar y que lo que en realidad esté diciendo es que se va a su morada, a su hogar.

Las familias propietarias de un segundo piso lo alquilan por un dineral, legítimamente, y viendo que todo el mundo se forra. Los fondos compran pisos, especulan y encarecen; las administraciones no hacen viviendas protegidas –no hacen nada en realidad– y los pisos turísticos campan a sus anchas. No se interviene el mercado ni se topan alquileres. Y hay mucha demanda para vivir en determinadas ciudades.

Todo lo anterior no es el cóctel perfecto, el cóctel perfecto es un Negroni, tal vez un Bloody Mary, pero es una confluencia de intereses y causas que ha llevado a que una vivienda sea un lujo. Y una habitación, un robo.

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