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El marco de la desconfianza

El anuncio de Pedro Sánchez de bloquear el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años llega con el perfume inconfundible de las medidas que nacen envueltas en tinieblas. Se trata de una propuesta que, en abstracto, suena sensata, como es proteger a los menores de las cloacas digitales, pero que en cuanto se posa sobre la realidad española empieza a deshacerse como un azucarillo. Para empezar, dentro del propio Gobierno ya se discute de quién es la iniciativa, si partió de una idea de Izquierda Unida y si el PSOE la ha ido retrasando para plantearla justo en el momento que más le conviene.

La primera duda, más allá del copyright partidista, es práctica. ¿Cómo se implanta con éxito algo así en un ecosistema digital que vive de saltarse las barreras? ¿Quién verifica la edad, con qué herramientas, bajo qué garantías y a qué coste? ¿Lo van a hacer las propias plataformas? Nadie lo explica con claridad, y cuando no hay plano técnico, el anuncio se convierte en un simple gesto. Y en la política que ahora se lleva, el gesto suele pesar más que la solución. A la incertidumbre práctica se suma la reacción automática de la oposición, que ve en la propuesta una nueva cortina de humo. No porque la protección de los menores no importe, sino porque llega en un momento demasiado oportuno. Siempre que el Gobierno necesita cambiar el foco, aparece una iniciativa con aroma moral, difícil de atacar sin parecer insensible. El manual está ya muy usado.

A estas alturas, el grado de incredulidad es tal que cualquier propuesta nace bajo sospecha. Incluso las razonables y necesarias. La protección de los menores frente a un espacio digital que mezcla pornografía, violencia, desinformación y adicción no debería ser polémica. Y, sin embargo, lo es. La desconfianza se ha convertido en el marco de lectura de todo.

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