Opinión
La soledad de un rey y el silencio de España
La triste imagen de Juan Carlos I en Suiza
La reciente imagen del rey Juan Carlos, consumido por los años y la soledad en un rincón de Abu Dabi, estremece hasta al más tibio de los corazones. No es razón de sensiblería, es decencia, porque hay fotografías que se sufren y esa, en su silencio abrasador, recuerda que incluso los reyes –quizá ellos más que nadie– pueden ser víctimas de la ingratitud de los suyos. La monarquía es tradición, no es un simple adorno protocolario. Hunde sus raíces más profundas en la civilización cristiana, por lo tanto el deber filial no se presenta como un consejo amable, es por el contrario un mandato solemne. Honrarás a tu padre y a tu madre, se escribió sin salvedades ni notas al pie. Es una Escritura clara y sin contemplaciones frente a un Deuteronomio más severo: "Maldito el que desprecie a su padre o a su madre". Palabras duras, sí, pero necesarias en un tiempo tan pulcro en formas como desalmado en afectos. La Biblia conoce bien la tentación del hijo que se cree más puro que su padre. Absalón, hermoso y popular, convencido de que el reino sería mejor sin la sombra del viejo David, termina colgado de un árbol mientras su padre clama desgarrado. Es la advertencia eterna sobre los peligros de la soberbia filial. Sin embargo, no es necesario derramar sangre para repetir la tragedia, porque basta con romper el vínculo y en esto la ingratitud tiene sus propias liturgias.
Conviene recordar que Juan Carlos I, con sus luces y sus sombras, como cualquier mortal, fue durante décadas un pilar de estabilidad. Bajo su figura se consolidó una convivencia que muchos creían imposible y simbolizó la reconciliación que hoy muchos pisotean. Reducir toda una vida de servicio a un inventario de errores es, cuanto menos, una forma de ingratitud histórica, pero permitir que sea su propio hijo quien consienta su vejez en el destierro pertenece a otro orden moral.
Felipe VI no es sólo un jefe de Estado, es un hijo. Y lo que un hijo hace con su padre, sobre todo cuando ese padre está viejo y solo, no es asunto de Estado, es una elección de conciencia. La monarquía, antes que institución política es una pedagogía de la familia, porque si un rey no honra al padre que ciñó la corona antes que él, ¿qué mensaje se transmite a esta sociedad ya de por sí erosionada por el individualismo? ¿Con qué autoridad se habla de tradición, valores o raíces cristianas, si el primer mandamiento social –que es el respeto a los padres– se incumple a la vista de todos?
Occidente se sostiene sobre la familia y la nobleza –la verdadera, no me remito a la de los títulos– y se mide también por el trato a nuestros mayores. Un rey que tolera que su padre viva como un desterrado, aunque sea entre palacios dorados, erosiona la legitimidad moral de la institución que representa. El pueblo aprende sin necesidad de discursos, por eso no debe pensar que los ancianos son prescindibles o que la gratitud es negociable. Empero, no se pide a S.M. que justifique errores, mucho menos que los convierta en virtud. Se pide algo más elemental y cristiano: que no lo deje solo. Que no permita que quien sostuvo la corona durante décadas consuma sus últimos días lejos de su patria y del hijo que educó, porque la piedad filial no es una debilidad, es por el contrario una fortaleza. España siempre ha sabido perdonar y no merece contemplar a un rey anciano viviendo sus últimos años como huésped perpetuo en tierras ajenas. Hoy Felipe lleva sobre sus hombros no sólo la corona, sino el ejemplo, pero es evidente que ningún reino se sostiene si se desatiende el primero de aquellos, que es la familia. A veces, para salvar una institución sirve con un gesto, pero pocas veces ese gesto ha sido tan necesario como ahora.
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