Opinión
‘Papá, ven en tren’, un anuncio imposible hoy
Ni siquiera el accidente de Angrois, con 80 muertos, provocó una crisis ferroviaria como la actual
En el lejano 1973, los españoles recibimos con gran chanza y alboroto un anuncio de Renfe bajo el lema “Papá, ven en tren”. El anuncio televisivo -entonces todos veíamos la misma televisión y la conversación era común- pretendía hacer frente al popular “Papá, no corras”, que se llevaba en el salpicadero del coche, con la foto de los niños y una imagen de San Cristóbal, patrón de los automovilistas.
En realidad, lo que pretendía el Ministerio de Fomento de entonces -creo recordar que ocupado por el franquista ilustrado Gonzalo Fernández de la Mora-, era bajar la brutal siniestralidad en las carreteras: 3,823 muertos y casi 60.000 heridos en aquel año. Bien es verdad que entonces no era obligatorio el cinturón de seguridad, beber alcohol no estaba tan castigado, las carreteras eran una ruina y los límites de velocidad se aplicaban con flexibilidad.
Conseguir que los españoles se bajaran de sus flamantes Renault-5, Simca 1000 o Seat 127 no era tarea fácil. Viajar en tren quedaba para los pobres. Nunca se sabía cuando llegaban, los convoyes -salvo el Talgo- eran tercermundistas, con pasajeros tumbados en los pasillos. De ahí las chazas por el anuncio. Aún recuerdo mis eternos viajes a Pamplona desde Gijón, con salida a las 18,30 y llegada 17 horas después, con transbordos en León y Alsasua de por medio.
La situación del ferrocarril español, tras 18 días del accidente de Adamuz, me ha hecho revivir aquellos años. Ya no se sabe a qué hora saldrán o llegarán los trenes a su destino. La seguridad ha quedado en entredicho, incluso más que tras la tragedia de Angrois, con 80 muertos. Lo de los trenes de cercanías es un desastre y no sólo en Cataluña, aunque parece que a Madrid solo le interesan los Rodalies. En Asturias, según publicaba este periódico el domingo, hay 63 tramos donde los trenes tienen que reducir su velocidad a 10 kms. por hora.
El problema de la presente crisis es que esta vez nos hemos caído de un guindo demasiado alto. El recién acabado año 2025, el ministro del ramo presumía de que nuestro país no sólo ostentaba “el liderazgo de la alta velocidad mundial”, sino que España vivía “el mejor momento del ferrocarril en la historia”. Lo malo de las bravatas y de la excesiva exposición mediática es que acaban volviéndose en contra.
Como profano, sin más experiencia en trenes que una niñez entre locomotoras de vía estrecha, me resulta cuanto menos sorprendente que hayan tenido que morir 46 personas para que se revise el estado de nuestras vías. Parece evidente que si ahora no estamos seguros de la fiabilidad de raíles, soldaduras y traviesas, antes del fatídico 18 de enero tampoco teníamos razones para estarlo, y no se hizo nada.
¿Cómo pudo pillar por sorpresa la rotura de la vía en el punto kilométrico 318,681 del tramo Guadalmez-Córdoba? ¿Por qué no se hicieron antes las revisiones que se están haciendo ahora con tanto celo? Si se hicieron, como aseguró el ministro, se hicieron mal ¿por qué si no se vuelven a hacer y por qué los trenes no redujeron antes su velocidad al pasar por los puntos conflictivos como hacen ahora?
Tomar medidas a posteriori es lo fácil. Sólo faltaba. Pero pone de manifiesto que esas medidas, tomadas en su momento, podrían haber evitado el accidente de Adamuz. Alguien será el responsable de no haber puesto todos los mecanismos de seguridad necesarios cuando hacían falta. Ni la mala suerte, ni la providencia divina, ni las condiciones meteorológicas pueden explicar lo sucedido.
El ferrocarril español ha retrocedido décadas tras este suceso. El contrato del AVE a la Meca ha sido suspendido, la esperada llegada de los operadores privados de Alta Velocidad a lugares como Asturias ya no se considera, la compra de nuevos trenes está paralizada. Pese a todo, el ferrocarril sigue siendo el transporte más seguro, pero ya no es el más rápido, ni el más puntual, ni la envidia de nuestros países vecinos. España ha perdido un crédito que le costará recuperar. Nadie podrá devolver la vida a los 46 fallecidos. Eso es lo más grave de todo. Aquel viejo lema de “papá, ven tren” se ha convertido hoy en una broma macabra.
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