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Cincuenta años del encierro en el Palacio Arzobispal

Un episodio olvidado de la lucha femenina durante la Transición

Toño Huerta es director de la Fundación Juan Muñiz Zapico

Aún hay verdades que siguen silenciadas. Una de ellas es que la Transición española no fue tan modélica como se ha explicado; según nos cuenta el periodista Mariano Sánchez en su obra La Transición Sangrienta, entre 1975 y 1983 hubo 591 muertes por violencia política, de las que 188 lo fueron por lo que el autor denomina "violencia política de origen institucional". El pasado 24 de enero se cumplieron cuarenta y nueve años del asesinato de los abogados laboralistas de Atocha, uno de los episodios más sangrientos, deleznables y miserables cometidos.

Otra máxima olvidada por una parte de la sociedad, es que la democracia no fue un regalo, se ganó en las calles por la lucha de miles de hombres y mujeres que ya durante el franquismo sufrieron una dura represión por defender unos ideales de libertad. En sus últimos años, la dictadura quiso mostrar al mundo una falsa apertura, pero la realidad era bien distinta; incluso muerto el tirano, esa situación permanecería aún varios años, con un control social brutal ante cualquier protesta que reclamase libertad o mejoras sociales y laborales. Pero la calle ya era nuestra; las manifestaciones se repetían, siendo el año 1976 especialmente activo y marcado por huelgas masivas, exigencias de amnistía y libertades democráticas que eran duramente reprimidas por la policía, como ocurrió en Vitoria, donde cinco trabajadores fueron asesinados durante una protesta.

En ese contexto, el papel de las mujeres fue fundamental, pero también fue silenciado en demasiadas ocasiones. En Asturias hubo precedentes de gran calado; en la memoria colectiva se repiten nombres como Anita, Maruja, Tina, Juanita, La Nena... mujeres que lucharon por esos mismos valores democráticos, que tuvieron un gran protagonismo durante episodios clave como las Huelgas de 1962 y que fueron también represaliadas, pero nunca vencidas.

El 11 de febrero se conmemoran cincuenta años de uno de esos episodios olvidados y protagonizados por mujeres. En ese contexto de huelgas, manifestaciones y protestas por conseguir una democracia, seis mineros de Duro Felguera son despedidos y encarcelados. Muy pronto, a través de la denominada Asamblea de Mujeres del Valle del Nalón, comienzan las protestas por su liberación y readmisión. El 11 de febrero de 1976 deciden ir a Oviedo y entrar a la Catedral para encerrarse; según el testimonio de Aida Fuentes, una de las participantes, un sacerdote les indicó que mejor fuesen al Palacio Arzobispal, pues ahí había calefacción; y así lo hicieron, permaneciendo encerradas durante una semana más de 250 mujeres. En ese tiempo sufrieron insultos de algunos curas que las intentaron echar; también una parte de la sociedad las veía con malos ojos, incluso los medios de comunicación, haciéndose eco de la protesta solamente la revista Asturias Semanal. Pero también tuvieron apoyos, destacando el del arzobispo Gabino Díaz Merchán, que autorizó su encierro e hizo de interlocutor, impidiendo que las fuerzas del orden público las desalojase. Lo importante, no obstante, sería que lograron su objetivo, la liberación de los detenidos, y soldar un eslabón más en la gran cadena que fue la lucha antifranquista y la consecución de la recuperación de las libertades democráticas fruto de su lucha. Nuestra inolvidable Anita Sirgo destacaría que ese acto sería una de las mayores demostraciones de unidad femenina en la historia de la lucha obrera.

El encierro en el Palacio Arzobispal de Oviedo de febrero de 1976 consagró a las mujeres, en especial a las de las cuencas mineras, no solo como familiares de obreros, también como lo que venían siendo desde hacía tiempo gracias a su lucha, como sujetos políticos activos a la vanguardia de la resistencia civil en la Transición. El hecho de ocupar un espacio de poder como el Palacio Arzobispal significó transformar la solidaridad doméstica en una estrategia de presión pública que, por otro lado, no era nueva, pues ya habían protagonizado encierros en la catedral en 1969, motivados por circunstancias similares. Su valentía no solamente forzó la readmisión de los despedidos, también rompió el silencio de género, demostrando que la democracia, además de conquistarse en la calle, lo hizo también desde el liderazgo y la firmeza femenina.

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