Opinión
Una flor amarilla en el arcén
La verdadera cuesta de enero no empieza el día 2, sino el 31. Cuando termina este mes, que se le hace tan largo a casi todo el mundo, el año empieza a pasar días como quien hojea distraídamente un álbum de cromos. Febrero solo tiene veintiocho, y además llenos de actividades varias. Las fiestas populares se suceden una tras otra, mezclando ritos ancestrales con costumbres de ayer mismo. Enseguida empiezan las candelas, San Blas, los precarnavales, las murgas, el día de los enamorados y sus dulzuras empalagosas y después, los carnavales en todo su esplendor. Apenas hemos perdido algún kilo para poder disfrazarnos y al momento lo ganamos en la exaltación de la carne que termina en el entierro de la sardina. Corremos luego hacia la Semana Santa, la primavera, el cambio de hora que nos volverá de nuevo locos y arreglará por fin el reloj de nuestros coches. Con el buen tiempo, nos echaremos a la calle a vivir procesiones, fallas, desfiles, ferias del libro y batallas de flores. Abril y mayo nos llenarán de páginas y palabras, bodas, bautizos, comuniones, barbacoas, romerías, san Isidro presidiendo la mesa portátil y la nevera azul. En nada, el fin de curso, las graduaciones, las hogueras de san Juan, donde arderán amores y apuntes, la playa y sus calores, el olor de la dama de noche, las cenas en las terrazas, el calor, las tormentas, las lorzas inevitables contra las que ya no hay que luchar ni falta que hace.
Y en un abrir y cerrar de ojos, volverán septiembre y sus rutinas, la vuelta al cole, que habrá empezado en agosto siguiendo las órdenes de los dueños del calendario, o sea, los grandes almacenes. Octubre nos robará la luz de las tardes y nos pondrá la mesa camilla, mientras los escaparates se llenarán de flores de plástico y nuevos disfraces, esta vez no para esconder, sino para dar miedo. Llegará noviembre, dichoso mes que empieza con los santos y acaba en san Andrés, y sin darnos cuenta, los turrones invadirán los expositores, las colonias de nombre impronunciable coparán los anuncios, y volveremos a desearnos feliz año nuevo con grandes propósitos de enmienda. Y de pronto, un lunes de enero, en plenas rebajas, miraremos atrás, y sentiremos en nuestra nuca el vértigo de la montaña rusa dispuesta a girar de nuevo. Y habrá que decidir si nos echamos a un lado o nos subimos sin pensar, como siempre, sin querer ver que mientras la cuesta aguarda con su pendiente enloquecida, sobrevive aún alguna flor amarilla en los arcenes
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