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De «Lou Grant» a «The Paper»

Me cuesta escribir sobre este tipo de cosas sin caer en cierta melancolía, pero hubo una tiempo, no tan lejano, en que el periodismo portaba, incluso en la ficción, un gesto de dignidad. La serie televisiva «Lou Grant», a finales de los setenta, no solo retrataba una redacción, sino que la convertía en un templo laico donde la verdad se perseguía con uñas y dientes. Muchos descubrieron allí una vocación, quiero pensar que por sentido más que por glamour. Informar era una tarea cívica, porque el poder, sin un ojo encima, tiende a engordar y a pudrirse.

Casi medio siglo después, el espejo nos devuelve otra imagen, la de «The Paper», una comedia, también televisiva, que parodia exagerando, a veces más de la cuenta, para que duela. Y duele, vaya si lo hace. Sigue a un periódico de Ohio que llegó a tener mil empleados, corresponsales en medio mundo y un peso real en la vida pública, y que, reducido a la mínima expresión, sobrevive en la misma planta de un edificio compartido con una empresa de papel higiénico. La metáfora es obvia, parece escrita por un guionista con demasiada mala uva y, sin embargo, no deja de ser la realidad la que se ha tornado tristemente satírica. Ya no se trata solo del desplome del papel, ni de la tiranía del clic. El problema es más profundo, parte de la sustitución del periodismo de siempre por su caricatura: la noticia convertida en contenido, el editor en community manager, el reportero en productor de titulares rápidos para alimentar un algoritmo insaciable. En el camino, se pierde tiempo, contexto, contraste y responsabilidad.

Este oficio, por qué negarlo, va con los tiempos. Las democracias no se rompen de golpe, se agrietan cuando el periodismo renuncia a su papel de contrapoder. «Lou Grant» lo sabía. «The Paper» se ríe por no llorar.

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