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Sánchez y Abascal, que se besen

Cada uno necesita al otro para prosperar en sus intenciones políticas

En Vox no se frotan las manos: se las restriegan con jabón de Ferraz, que hace mejor espuma. El domingo aragonés promete un calco extremeño: Vox sube, el PSOE baja y el PP mira el marcador porque no le vale el empate. Pilar Alegría, la de la triste campaña, corre el riesgo de convertir los 18 escaños en una pieza de museo, como el voto obrero y la credibilidad del sanchismo.

La relación entre PSOE y Vox ya no es un ejercicio de polarización: es estupenda simbiosis. Sánchez infla al monstruo para asustar al electorado templado y el monstruo, agradecido, engorda y crece.

El “gran reemplazo” inmigrante es el comodín compartido. Vox lo detesta, cierta izquierda lo jalea y el PSOE lo administra por Real Decreto. Donde unos ven invasiones bárbaras, otros atisban purgas redentoras. La escena es tal que así: el Gobierno hincha el globo del miedo para asustar al votante moderado y el globo, caprichoso, se va volando al patio de Vox. Sánchez azuza al lobo… y el lobo merienda diputados socialistas. La regularización extraordinaria de extranjeros por decreto —rápida, opaca y con aroma de atajo— no es una política migratoria: es un fertilizante electoral para Abascal. El PSOE siembra gestos y Vox recoge escaños.

El idilio es tóxico pero estable. Vox necesita a Sánchez para existir; Sánchez necesita a Vox para asustar . Entre ambos han logrado lo impensable: que votantes de izquierda, hartos de moralina, decretazos, contubernios y superioridad ética subvencionada, opten por la patada al tablero.  Luego dirán que fue culpa del clima. O de Franco.

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