Opinión
Habitan multitudes
Entre la epidemiología y la emoción: la sensibilidad como forma de susceptibilidad humana
"Soy una persona sensible a la que afectan bastante las emociones", decía un tenista de máximo nivel en una entrevista reciente.
La susceptibilidad del huésped es uno de los componentes de una trilogía clásica en epidemiologia, los otros dos son agente y medio. Durante la pandemia Covid-19 muchos se dieron cuenta de que no bastaba con la exposición, que había algo más para que ocurriera la enfermedad: duermo en la misma cama que mi pareja enferma y yo doy negativo al test. El medio es el entorno, en ese caso, la vivienda, su ventilación, el número de habitantes, el tamaño etc. Las posibilidades de infectarse son mayores en invierno por varias razones. La principal, se comparte más el aire. También es importante el estado de las mucosas. Con el frío, los cilios, esas escobas que tienen las células para barrer las partículas que penetran con el aire en el árbol respiratorio, son menos eficaces. Los microorganismos tienen más oportunidades de anidar y reproducirse.
Los estímulos que pueden producir las emociones penetran en el cerebro aprovechando algunas de nuestras antenas al mundo: vista, oído, tacto, olfato, gusto. O pueden aparecer como la regurgitación de un recuerdo o experiencia. Si activan las vías susceptibles desencadenan un pequeño sismo en el medio interno. Una teoría argumenta que esos cambios viscerales son los que percibe el cerebro consciente: se da cuenta de la emoción. O quizá la información que recibió ese cerebro que regula las respuestas viscerales y produjo los cambios en el medio interno viajara también a la corteza. La confluencia de ambas vías resulta en la emoción ya con nombre: miedo, asco, ira…En principio, en el reino animal, donde las emociones cumplen una función de supervivencia, no necesita, creemos, que se les nombre: simplemente el organismo se ha preparado para responder.
Stendhal nos cuenta cómo se sintió cuando contempló por primera vez los frescos del Giotto. Sus sensaciones físicas coinciden con la expresión corporal de una fuerte emoción, tan extrema que casi le lleva al desmayo. Era lo que en la literatura clásica les ocurría a las jóvenes modosas cuando su enamorado les proponía matrimonio. Una muestra de su pureza angelical.
De un agente infeccioso estudiamos al menos dos dimensiones: su capacidad de contagio y la de producir enfermedad, que llamamos virulencia. En el caso del virus Sars-Cov-2, pensábamos que no era altamente contagioso, que cada persona infectada, de media, produciría dos o tres nuevos casos. Por tanto, su propagación no sería explosiva. Nos equivocamos porque este nuevo coronavirus mutó y se convirtió en más infeccioso. Lo mismo puede ocurrir con los estímulos que producen emociones: su carácter muta para ser más o menos potentes dependiendo de la cultura.
¿Qué significa ser muy sensible? Supongo que tener un umbral bajo a los estímulos o una respuesta del aparato regulador cerebral que pudiéramos considerar exagerada. En el paradigma infeccioso, hay personas con un sistema inmunológico debilitado, muy susceptibles a los agentes ¿es trasladable eso a las emociones? Yo creo que no. Uno puede ser muy sensible a la amenaza y no afectarse por la belleza, sufrir ante la fealdad o desorden y no importarle la injusticia, ser muy sensible a la desaprobación y no importarle la miseria…
Además, no siempre nos emocionamos de la misma manera ante un estímulo: una canción, una puesta de sol, la muerte de un ser querido, la imagen de niño golpeado por una bomba, un acto de generosidad... Modificaciones que tienen que ver con el medio y con nuestra memoria.
Cuando se dice de alguien o de sí mismo que es muy sensible, se sobreentiende que lo es a esos estímulos que nos hace mejores: a la belleza o al sufrimiento ajeno y cosas así: ese vibrar ante una obra de arte con la intensidad que lleva al desvanecimiento. No es, no puede ser, solo una respuesta automática. Hay en esa vivencia mucho de educación, de reflexión y estudio, de anticipación. Stendhal antes de su viaje a Florencia para contemplar los frescos del Giotto conocía su pintura, su contribución a la historia del arte, tenía formada una expectativa. Las obras de arte no solo no lo defraudaron, la realidad lo desbordó. Potenciado por una valoración intelectual, su aparato sensitivo se inundó con todos los matices de esos frescos hasta saturarlo. Entonces casi se desvanece. Es un excelente ejemplo de la integración de las funciones orgánicas. No solo de la unidad cuerpo-mente, también de la unicidad del cerebro. No hay uno que se ocupa del mundo vegetativo, silencioso, humilde, preciso: la temperatura corporal, el ritmo cardiaco y respiratorio, la digestión… y otro que piensa y razona. No hay una separación entre el tomar decisiones propulsado por las emociones frente a las dirigidas por la razón. Una tiñe a la otra. Células, órganos, sistemas, son unidades con vida propia que solo existen y funcionan bien cuando se interrelacionan. Somo uno y múltiple en cada manifestación vital.
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