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En tres palabras: los gobiernos mienten

La verdad cotiza a la baja frente al interés político

El célebre periodista I. F. Stone, fundador de un pequeño boletín independiente de gran fama, resumió el oficio de periodista con una brújula moral de tres palabras: “Los gobiernos mienten”. En su ideario, se trata de aprender a desconfiar de los titulares oficiales y a leer entre líneas. En España llevamos años dando la razón a Stone. El Gobierno de Zapatero negó la crisis hasta que el país se despeñó por el barranco; después aseguró que el suelo estaba cerca cuando aún caíamos en picado. Antes y después, la democracia ha ido dejando un rastro de ominosos silencios y verdades a medias: la colza, los GAL, la negociación con ETA, las armas de destrucción masiva… Lo que parecía desliz se convirtió en costumbre.

Pedro Sánchez no ha roto la tradición: la ha perfeccionado. Negó que pactaría con Podemos y pactó. Negó la amnistía a los secesionistas catalanes y la convirtió en moneda de cambio. Proclamó que la economía va “como un cohete”, pero lo que ha puesto en órbita es la precariedad, con un índice de pobreza creciente y lacerante. El optimismo gubernamental, como el maquillaje, tapa ojeras en la foto, pero se despeja con el sudor de la realidad.

El problema no es una mentira concreta, sino la pedagogía del engaño: repetirla, envolverla en épica y acusar de antipatriota al que pregunta. Eso ya lo vio venir hace décadas Hanna Arendt. Cuando los gobiernos prometen luz solo pretenden deslumbrar. Con una mano hacen malabares y con la otra apagan el interruptor de la verdad.

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