Opinión
La imborrable huella del tiempo
La candidatura de Oviedo a Capital Europea de la Cultura
Josefina Velasco Rozado es historiadora
Tienen las ciudades viejas de la vieja Europa pequeña, pedestre y abarcable una sabiduría particular y valiosa. Ellas honran en sus calles y plazas a los protagonistas de su historia vital. Son como los ancianos de los pueblos que atesoran vivas leyendas, narraciones y costumbres, que nos dicen el rumbo correcto, el vino mejor o el plato favorito de un lugar que permanecerá "imborrable" en nuestra memoria.

La imborrable huella del tiempo / .
En Europa no nació la Historia, pero sí la fuerza que la impulsó a romper sus límites por tierra y mar. El mundo vivido de esta Tierra que nos cobija alberga lugares más antiguos y civilizaciones extinguidas dignas de conocer, aprehender y preservar. Las ciudades y pueblos de Europa conservan un discurso que va de lo remoto al hoy, pasando por todas las etapas; de lo local a lo global sin solución de continuidad, anudando sus entornos próximos y lejanos. Hay siempre algo de vecindad. Tal vez por ello eso de "Capital Europea de la Cultura" no es solo un título sino una marca de calidad. Es proyecto de cara a la galería política, pero debe hacerse común. Melina Mercouri, la cantante, actriz y política griega, supo que Historia y Cultura son el pegamento de Europa y por ello logró sacar esa capitalidad europea siendo Atenas -no podía ser otra- la primera en 1985. Van más de 60 de muchos países. Leer la relación es marcar Europa.
Compite Oviedo por un título con el que reforzar su presente desde su pasado que es no solo suyo sino de Asturias, porque las capitales son compendio para lo bueno; lo malo, mal que nos pese, se expande sin permiso. El Casco Antiguo de Oviedo, ese que abraza la muralla rota medieval, es paseo obligado de propios y visitantes, siendo como es huella ancestral asociada a gestas brillantes y conquistas que traspasaron los montes que cercan este "patio de vecinos" que es Asturias. Aquí se consolidó la monarquía Astur expandida a este, oeste y sur al que hubo de trasladarse. Para entenderlo hay que mirar a Covadonga, a Pravia, a Cornellana o a Tineo; y al sur, al Camino Real de la Mesa y a Pajares, o al mar al norte; a todas partes. De aquí salió el programa político y religioso del Camino de Santiago, un itinerario cohesionador desde el siglo IX. Y puso en contacto por tierra y mar al reino Astur con Al Andalus o con Francia y otros reinos de la Europa de entonces, contactos a veces amistosos y otras peleones. Como es normal.
Perdida la capitalidad monárquica, extendida al sur la larga Reconquista, constreñida tras las montañas, su repliegue, el de Asturias y el de Oviedo, es digno de estudio. Y el afán por quebrarlo también. Se ideó hasta una publicidad creyente para atraer peregrinos. Ciudad de clérigos, nobles rurales e hidalgos altivos fue universitaria desde el XVII y residencia añorada de la aristocracia de renombre: los palacios nobiliarios hermanan la capital con las tierras de esos señoríos que eran su despensa y recurso. La Junta General, tutelada por la Corte, plantó cara a no pocas medidas injustas. La Catedral daba sede al poderío eclesiástico y laico. Admiraban los edificios del Naranco o las leyendas del Monsacro; sus reliquias aún en ruina.
Hubo un tiempo, otro más, para alzar la voz y por eso en 1808 España desde la Junta General en Oviedo declaró la Guerra a Napoleón- ni más ni menos- aunque el Corso no supiera dónde estaba la que a tal se atrevía. Gracias en gran medida a asturianos valientes y cultos, elegidos diputados en Castropol, se elaboró la "Pepa", primera Constitución Española. Siglo después dejaron heridas perceptibles la revolución de 1934 y más la cruel guerra civil que nunca debió ser. Sufrió y se rehízo.
Una ciudad es en sí misma un legado del tiempo. Lo son sus edificios, sus barrios y sus calles. Por eso, el nombre de las calles, el de hoy y el de antes, deberían figurar en sus placas. Oviedo es además sus nombres literarios o recordados: Vetusta, Lancia, Pilares, Ovetus o el Carbayón, el árbol derruido que les da nombre; así la definieron quienes la quisieron, escribieron y vivieron. Es ciudad el antiguo y el ensanche comercial del ferrocarril del XIX transformador. Lo son sus industrias desaparecidas: la Fábrica de Armas o la del Gas, pendientes de proyectos, la forja La Amistad, la loza de San Claudio y la cerámica de Faro; y Olloniego, fortaleza, señorial y minero; o Las Caldas termales y Trubia de armas y química, o la industrial y cementera Tudela Veguín. Es ciudad en las rutas que la unían con Avilés, su puerto tradicional, y con Gijón del desarrollo industrial y mercantil. También está en los viejos autobuses que venían de las cuencas mineras (El Carbonero) o acercaron el "lejano oeste" y prosperaron tanto (Autobuses Luarca, ALSA) trayendo de paso pobladores nuevos. No tiene playa, pero ahí están cerca Salinas o Gijón, eterna "rival", vecindad y fútbol, pasión viva.
Burguesa y proletaria está presente en los comercios, bancos y bares desaparecidos, de vitalidad o decadencia según las épocas. Hermoso sería recuperar viejos carteles, anuncios y puertas, restos del cambiante mundo urbano contemporáneo. Como bueno es valorar la expansión en barrios nuevos (La Corredoria o Montecerrao) o la centralidad de algunos que nacieron marginales (Vallobín o La Tenderina). Impresionan los cambios de Buenavista, de Ciudad Naranco, antes cárcel hoy Archivo y renovación; del Milán, militar ayer y universitario ahora; del Hospital nuevo, sin olvidar el abandonado, orgullo en otro tiempo; o el acceso actual de esa autopista "Y" vertebradora de la Asturias central. Claro que una ciudad aspirante a tanto ha de arreglar mucho, como las ruinas que se eternizan hasta en su centro más querido. Pero dejemos la relación.
La "ciudad-capital" asturiana es un poco Asturias, romana, medieval, catedralicia, monástica, palaciega, comercial, moderna, industrial y museística; vieja y nueva. Tiene días de sidra y paseo por su Campo, sus parques o rutas; y noches de fiesta desbocada o de cafés apacibles. Es joven en sus barrios recientes, repintada y rejuvenecida en los antiguos. Tiene teatros de antaño y de ahora. No es posible abarcarla por muy buenos que sean los guías. Igual necesita una Casa- Museo de la Ciudad. Espacios candidatos no le faltan. Ya se escribió sobre ello en estas páginas y se propuso y estudió el degradado e infrautilizado pero noble y bello Palacio de Inclán y Leyguarda perdido entre el bullicio del "sábado noche". Sería bueno retomarlo. Un Museo de Ciudad no es una instalación cultural impostada, es el lugar donde acoger a quien venga y quiera conocer detalles de la vida, los objetos, fotos, documentos y títulos que nos avalan como colectivo y nos define. Hay lugares en los que es eso, una mirada a la parte para invitar a verlo todo.
Importa ser la Capital Cultural de la Europa que vio nacer las corrientes filosóficas, las lenguas y las políticas que hicieron Historia, incluso la de quienes la cuestionan. Ahora otros pueblos, en parte hijos y nietos de Europa crecidos e "independientes", se rebelan y ella misma está descolocada como si le faltara el "orgullo, valor y garra" que tuvo. "No olvidar lo que fuimos para saber lo que somos" es el camino. Sin duda en el camino de un propósito, sea cual sea el resultado, siempre palpita el anhelo de mejorar. Qué así sea. n
[Canella y Secades, Fermín (1849-1924). El libro de Oviedo. Biblioteca Virtual del Principado de Asturias; Chus Neira. "Un palacio que es un museo". La Nueva España, 20 de julio de 2021]
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