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"Pasapalabra", el rosco como refugio

Por qué el concurso televisivo gusta tanto a la gente mayor

"Pasapalabra" es para muchos mayores un ritual ineludible. Mis padres, octogenarios, no fallan a la cita, como ella no falla a la misa diaria y al rezo del rosario, y él al partido del Madrid o al parte meteorológico. En una televisión cada vez más ruidosa y bronquista, el programa del rosco millonario ofrece algo insólito: calma, continuidad y la ilusión de que el conocimiento aún resulta relevante.

Sorprende que un formato tan repetitivo no aburra, no canse. Lo que atrapa no es la novedad, sino la espera de lo excepcional. Cada tarde puede pasar algo sorprendente, aunque casi nunca pase. Esa tensión mínima, sostenida durante meses, engancha más que cualquier giro de guion en un serial de Netflix.

El programa está diseñado como un mecanismo de confort cognitivo. Se emite siempre a la misma hora, con la misma estructura e idéntico ritmo. Para muchos espectadores se trata de un oasis que aleja de la incertidumbre diaria. El cerebro agradece los rituales previsibles, la rutina como refugio.

Hay duelo, pero no conflicto. No existe humillación, ni gritos ni eliminación cruel. El espectador puede disfrutar de la competición sin estrés emocional. Este inteligente planteamiento resulta especialmente atractivo para quienes rechazan la bronca televisiva y la telebasura.

Y lo más importante, que lo convierte en favorito en franjas de edad avanzada: conecta con una ética muy generacional, basado en el trabajo y el estudio constante. El bote creciente se antoja una metáfora poderosa: el premio no llega rápido, se construye con paciencia. Tal como fue la vida de nuestros padres: esfuerzo y espera.

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