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Lo que quizá deberíamos aprender de los adiestradores de leones marinos

Una reflexión sobre la educación

Al comienzo de una exhibición de leones marinos en el Parque de la Naturaleza de Cabárceno (Cantabria), el extraordinario presentador afirmaba que para adiestrar a estos animales, aparte de saber bien sus características, se requería conocimiento, comprensión, entusiasmo, protección y respeto. Si detectaban que la persona encargada de su preparación incumplía una sola de estas exigencias, quedaba de inmediato apartada de su cometido.

Me atrevo a sostener que los requisitos básicos que se precisan para ser adiestrador de leones marinos pueden aplicarse a la educación de los seres humanos.

Se necesita, primero, conocimiento de los educandos. Parece un requerimiento básico, elemental, una petición de sentido común. ¿Cómo puede alguien dedicarse a la educación si solo posee vagas intuiciones sobre esos seres a los que se propone educar? Y no digamos si tiene prejuicios contra ellos. Es un hecho que muchas personas a las que les vienen los hijos de repente se convierten, como tantos músicos –algunos geniales, todo hay que decirlo–, en padres de oído, algunos también geniales, es justo reconocerlo. A los profesionales de la educación, sin embargo, no es un despropósito pedirles que no eduquen de oído, sino que aprendan bien la partitura.

En la deliciosa y mágica película de José Luis Cuerda "El bosque animado", aparecen dos temerosas señoras de ciudad. Han ido a pasar un tiempo en una casona de aldea. Y se sienten aterradas en esa zona rural. El propietario de la casa en la que se alojan les ofrece un perro para que las proteja. Ellas miran al animal como si estuvieran contemplando el ser más raro de la tierra. Y, perplejas, le preguntan a quien las hospeda: "¿Cómo diablos funciona ese animal?"

Esa misma pregunta se hacen todavía muchísimos adultos cuando, por las causas que sean, tienen que tratar con los extraños seres pequeños. Y desconcertados preguntan: "¡¿Cómo diablos funciona un niño?!".

En realidad, todos ignoramos demasiado sobre la infancia. Hay que recordar, una vez más, que el vocablo infancia viene de una palabra latina que significa el que no habla, el que carece de voz.

Y aun siendo consciente de esa incapacidad, insisto en preguntarme qué es lo mínimo que deberíamos saber para aplicarlo a la educación de nuestros niños y niñas. Me respondo, aun sin ninguna seguridad, que quizá deberíamos saber que los humanos, desde que salimos del útero materno, poseemos una conducta afectiva, de apego, que nos lleva a necesitar ser tenidos en cuenta, a ser valorados y respetados, o, lo que es lo mismo, a sentirnos queridos.

Quizá deberíamos saber que, a la vez que con esa conducta de apego, nacemos con un gran afán por conocer, dado que venimos provistos de una capacidad indagadora, exploratoria, que nos insta a preguntarnos sobre nosotros mismos y sobre lo que nos rodea, y los adultos tenemos que procurar facilitarles a los nuevos terráqueos el acceso al conocimiento alentando sus interrogantes.

Quizá deberíamos saber que esas dos conductas están íntimamente relacionadas y que, por tanto, sentirnos queridos impulsa el deseo de aprender.

Quizá deberíamos saber que los recién llegados necesitan, tanto como el comer, que les cuenten o que les lean cuentos, y que ningún artilugio, por muy sofisticado que sea, puede sustituir a la voz cariñosa de personas queridas que abre la puerta de una narración con la llave mágica del "érase una vez". Los cuentos nos ayudan a conocernos mejor a nosotros mismos, a los demás y al mundo en el que estamos.

Quizá deberíamos saber que esos extraños seres necesitan expresarse desde bien pequeños a través de sus dibujos, pues esas, para los adultos, torpes expresiones gráficas son, para ellos, la manifestación más genuina de lo que no pueden expresar con palabras.

Quizá deberíamos saber que nuestras manos propician el pensar y que debemos ejercitarlas con actividades tales como dibujar, recortar, construir, pintar, moldear, tocar un instrumento musical… que nos conducen, como decía el gran psicólogo Henri Walon, "del acto al pensamiento".

Quizá deberíamos saber que el desprecio, la ridiculización, la subestimación o la falta de respeto tendrían que eliminarse de cualquier relación educativa. Bueno, de cualquier relación humana, dado que, si alguien se siente humillado, despreciado, rechazado, será muy propenso a la desesperanza, al abatimiento.

Considero que estos mínimos saberes deberían ser, quizá, el abecé para educar a los leones marinos, perdón, para educar a esos seres humanos que hemos dado en llamar niños y niñas.

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