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Las escribanías del Ruiz de Luna

Treinta años después del asesinato del profesor Tomás y Valiente

Irse de una España en crisis y volver casi tres lustros después a una España crispada trae recuerdos inexorables de una vida pasada, en poco mejores según mi particular optimismo, pero siempre imborrables en una memoria atenta a los acontecimientos y con necesidad de contar con rigor lo que pasó, para que no se vuelva a repetir.

Hace justamente 30 años, el 14 de febrero de 1996, Francisco Tomás y Valiente –catedrático de Historia del Derecho y expresidente del Tribunal Constitucional– fue asesinado por ETA en su despacho de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Un acto vil que quebró la vida universitaria española teniendo un impacto nacional de grandes dimensiones y que provocó la suspensión o cancelación de numerosos actos institucionales y oficiales previstos para ese día y los posteriores en toda España.

El asesinato de Francisco Tomás y Valiente se suele estudiar hoy como uno de los momentos más importantes de inflexión en la reacción social contra ETA, especialmente dentro del mundo universitario, social y cultural. Un acto que fue distinto porque ocurrió dentro de una de las mayores universidades públicas de prestigio, porque tuvo lugar en su propio despacho, porque la víctima era un intelectual y jurista, no un cargo político activo y porque además era una figura muy respetada incluso fuera de su posición ideológica.

¿Se acuerdan de las Manos Blancas? La reacción emocional fue muy intensa en el ámbito académico que perdura hasta el día de hoy. Muchos profesores y estudiantes interpretaron el atentado como un ataque directo al espacio universitario como lugar de libertad intelectual. Al día siguiente del asesinato, miles de estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid, se concentraron en silencio levantando las manos pintadas de blanco al grito de Basta Ya. Ese gesto espontáneo se convirtió en símbolo nacional contra el terrorismo y convocó en Madrid días después una manifestación silenciosa de más de un millón de personas. La Universidad dejó de ser solo un lugar donde se comentaba la violencia política para convertirse en un espacio activo de protesta cívica.

Hacía muy poco que yo había cursado en las aulas de Tres Cantos un Máster de Dirección y Administración de Fundaciones y estos días volví a visitar el Campus con mi hijo, donde hoy estudia Matemáticas. Los árboles entonces débiles y que apenas daban sombra, han crecido como monumentos y la extensión de la Universidad se hace inalcanzable a la vista de alguien que hace tres décadas transitaba el campus orgulloso y discreto.

Ese mismo clima de conmoción que produjo el asesinato en la Universidad, explica lo ocurrido en la pequeña villa manchega de Talavera de la Reina donde El Museo de Cerámica Ruiz de Luna llevaba años preparándose para su reforma y ampliación de la colección, y su inauguración oficial estaba fijada precisamente para el 14 de febrero de 1996, con asistencia prevista de autoridades como la ministra de Cultura, Carmen Alborch y el presidente de Castilla-La Mancha, José Bono.

Todo estaba preparado para un acto institucional relevante para la ciudad y para la cerámica talaverana. En medio de toda esa actividad cultural tan ilusionante como agitada me encontraba de nuevo yo, que me había trasladado días antes como Coordinador Técnico de la Subdirección General de Museos Estatales del Ministerio de Cultura organizando con las autoridades castellano manchegas y con la dirección del Museo el acto de inauguración oficial cuando pasadas las 11 de la mañana recibí la llamada sorda, seca y profundamente dolorosa de la Jefa de Protocolo de la Ministra, comunicándome que estaban en camino en el coche oficial pero que se devolvían de inmediato a Madrid. Después supe que Carmen Alborch había sido discípula del profesor Tomás y Valiente y que el dolor y el luto por su asesinato le duró mucho, mucho tiempo.

Tras conocerse el asesinato del profesor Tomás y Valiente, los actos oficiales previstos se suspendieron. Como consecuencia la inauguración oficial nunca llegó a celebrarse y el museo abrió sus puertas al público sin ceremonia oficial, al día siguiente. Este hecho quedó como una peculiaridad histórica del museo: una institución que abrió sin inauguración formal.

Con el paso del tiempo, el propio Museo Ruiz de Luna ha incorporado este episodio a su memoria institucional. Incluso se conserva una escribanía que iba a entregarse a las autoridades y que simboliza esa "inauguración que nunca fue". En realidad fueron dos, una para el Presidente Bono que custodia el Ayutamiento de Talavera y otra exactamente igual para la Ministra Carmen Alborch que nunca llegó a recogerla y quedó en la colección del Museo para siempre.

Las escribanías huérfanas, la memoria imborrable, las manos blancas… n

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