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Opinión | Crónicas gastronómicas

La mirada de Lúculo: Cosas ordinarias que merecen ser extraordinarias

Chesterton era un gourmet de la paradoja; podía encontrar en una salchicha la defensa de la civilización o en un pedazo de queso Stilton la felicidad

Cosas ordinarias que merecen ser extraordinarias

Cosas ordinarias que merecen ser extraordinarias / Pablo García

En compañía de una pinta de cerveza densa y espumosa como sus ideas pienso en G. K. Chesterton. Y como es lógico, tratándose de asuntos que tienen que ver con la gastronomía, pienso también en sus apetitos. No en los teológicos —que esos son insaciables—, sino los culinarios. En el hambre de la tierra, del pan recién horneado y de la conversación bien condimentada. Chesterton comía del mismo modo que pensaba, con entusiasmo. Era un gourmet de la paradoja, alguien que podía encontrar en una salchicha la más noble defensa de la civilización. Y en buen pedazo de queso Stilton, la felicidad. "Un hombre que come bien está más cerca de la verdad que uno que solo lee sobre ella".

Recuerdo que una vez, hace ya bastantes años, caminando por la londinense Fleet Street entré en el Ye Olde Cheshire Cheese, cuando en el histórico pub aún se servía un pastel de riñones de los de toda la vida: el hojaldre crujía como un epigrama al hundir el cuchillo y las sombras de Samuel Johnson y Dickens parecían debatirse entre maderas oscuras y lámparas de gas. Me acordé –creo recordarlo– una vez más de Chesterton y de su forma de sacralizar lo cotidiano, algo por otro lado tan profundamente inglés, el queso, la cerveza, el cigarro y la conversación. Su apetito era una teología práctica. En cada bocado se escondía una defensa del mundo tal cual es, con sus absurdos y su esplendor. Comer, para Chesterton, era una manera de aceptar todo eso. "El hombre moderno —habría dicho presumiblemente sobre el pastel de riñones— teme a las calorías porque ya no cree en el pecado original". Comer abundantemente, según entendía él, no era un exceso, sino una forma de reconciliarse con la existencia. La gula se traducía en metáfora de su fe.

Por lo que he leído, Chesterton no fue un gourmet al uso. No hablaba y escribía sobre combinaciones de sabores ni buscaba la sofisticación. Amaba la cerveza, el pan, el queso y la charla. Anteponía la gastronomía moral a la estética gastronómica. Lo suyo era la celebración de lo común. "Nunca he podido comprender —escribió— cómo el hombre moderno puede ser tan cínico con respecto a la comida y tan crédulo con respecto a la ciencia". Dueño de ese espíritu recorrió Inglaterra, buscando los lugares donde el pub se confundía con la parroquia.

Chesterton comía con argumentos. En sus ensayos, la comida surge como un antídoto contra el desencanto moderno. Frente a los ascetas de la razón y los gourmets de la tristeza, defendía el gozo como una forma de lucidez. "El mundo no perece por falta de maravillas —escribió—, sino por ausencia de asombro". Cada plato era para él una parábola. El pan, la metáfora de la continuidad; el vino, la promesa del milagro cotidiano. En una época en la que se idolatra la tontería y se fotografían los platos antes incluso que posen en la mesa, Chesterton sería un hereje feliz. Su menú ideal incluiría sopa de cebolla, pan, queso, vino y cháchara abundante. "Nada hay más moderno que redescubrir lo antiguo", podría llegar a decir encendiendo un cigarro después del postre.

Me lo imagino dando cuenta del ploughman’s lunch, el típico almuerzo del labrador: pan rústico, cheddar, pepinillos, cebollitas encurtidas y chutney. A veces, jamón cocido. Una comida de campesinos en la que el queso tiene la textura sólida propia de las certezas y la mostaza despierta el paladar ávido de respuestas. Es un almuerzo sencillo, casi bíblico, una defensa de lo elemental frente al arrogante refinamiento. Chesterton veía en la comida algo más que placer, observaba en ella una defensa del orden natural, de la familia y de la comunidad. Mantenía que el mundo está lleno de cosas ordinarias que merecen ser celebradas extraordinariamente. Si algo enseña su mesa es que el pensamiento, como la cocina, requiere de fuego lento. Y que en cada comida, por humilde que sea, se oculta una oportunidad de reconciliarse con el milagro de existir. Ahora, le doy vueltas a las palabras de aquel hombre gordo y optimista de que los ángeles pueden volar porque se toman a sí mismos a la ligera. Y, al mismo tiempo, creo que en ese queso azul pesado y glorioso, el Stilton, que tanto le gustaba, hay una lección sobre la gravedad de la alegría.

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