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Ancianos encarcelados

Sobre la atención que reciben los mayores

Es público que hay cerca de 70.000 presidarios (aproximadamente 35% son extranjeros; 92% hombres y 8% mujeres) que cuestan al Estado de media unos 4.100 € por reo y mes, que incluye estancia completa, piscina, gimnasios, auditorios y campos de rugby. Mientras un jubilado de 75 años que reside en un "asilo" repercute a las arcas del estado un coste medio por pensión de unos 1.100 € netos. Residencias de ancianos, que muchos de ellos, tienen importantes faltas de calidad de vida y, en ocasiones, mala atención por falta de personal, aludiendo condicionados de ajuste económico, descuidando la satisfacción de los ancianos. Someterse a las reglas y a los horarios estrictos que marcan el ritmo de vida de cualquier geriátrico, a una alimentación baja en calorías, a escasos cuidados del estado funcional físico y emocional, incluso, a subyugarse a situaciones de abandono, es tremendamente desolador, es, realmente, un proceso de envejecimiento en prisión. Un mensaje muy sugerente vuela estos días por las redes sociales, en el que se invita a reflexionar sobre la rutina diaria que llevarían los ancianos que viven en una residencia si vivieran en una cárcel española, mientras, los delincuentes lo hicieran en un centro para mayores.

De esta forma, nuestras personas mayores, en sus celdas de presidiario, disfrutarían de una ducha todos los días, tres comidas, biblioteca y poder sacarse una carrera universitaria gratis. Tendrían ordenador, tele, radio, llamadas ilimitadas, partidos de la liga, ver películas de estreno en alta definición, medicamentos, peluquería, gimnasios y piscina climatizada, servicios en régimen de "todo incluido". Descansarían en una habitación individual ventilada, con sillas de ruedas, prótesis de rodilla, implantes y limpieza dentales, gafas o lentillas. Sus camas se lavarían dos veces a la semana y la ropa se entregaría lavada y planchada con regularidad, pijamas, zapatos, zapatillas, y asistencia jurídica gratuita bajo petición. Tendrían vigilancia continuada, por lo que recibirían asistencia de emergencia. No tendrían que pagar por los servicios prestados, y recibirán una paga por hacer labores dentro del recinto. Y en cambio, los reos estarían en las residencias de ancianos, tendrían platos fríos y escasos, se quedarían solos y enrejados. Las luces se apagarían a las ocho de la tarde. Los atiborrarían a sedantes y los mantendrían hipnóticos para no molestar. Vivirían acompañados en una habitación compartiendo utensilios y ronquidos. ¿Cómo se resolvería esta injusticia? Bastaría cambiar la legislación para aplicar el sentido racional de la justicia: los ancianos pasarían a "disfrutar" de los beneficios de la cárcel y los reos podrían "gozar" de las residencias de ancianos. Se dejaría de gastar ingentes cantidades de dinero público para mantener el todo incluido de los presos y podría traspasar ese dinero a mantener gratuitamente a los ancianos con todas las comodidades. Se ahorraría dinero público al reducir el número de presos dispuestos a no delinquir por las duras condiciones de vida en las supuestas cárceles geriátricas, y los ancianos vivirían con dignidad en los trullos. Otro hecho de la misma índole de falta absoluta de ecuanimidad sería la comparativa entre el coste público de un anciano y un "mena" (menor extranjero no acompañado) que, según se ha publicado, alcanza los 5.000 euros al mes por mena, incluyendo residencia, manutención, ropa, médicos, odontólogo y móvil gratis.

Cinco veces más de lo que cuesta un anciano que ha trabajado toda su vida en el país de sus padres y de sus hijos. El cuidado de los mayores requiere un enfoque integral que implique salud física y mental y de dignidad para mantener su bienestar y conexión activa con el mundo. Un problema a nivel nacional en el que las administraciones deberían dedicar recursos retrayéndolos del despilfarro generalizado.

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