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Juan Carlos G. Palacio

Juan Carlos G. Palacio

Claustral de la Universidad de Oviedo

El buen apetito universitario

Oviedo es una ciudad que, día tras día, aumenta su número de visitantes. Caminamos en dirección a la capitalidad europea de la Cultura en 2031 y toda proyección social que muestre la sensibilidad e inquietud hacia cualesquiera de las áreas del conocimiento debe ser objeto de aplauso.

Llegan ciudadanos de todas partes del mundo y se suman a los ovetenses en su paseo por las calles de la ciudad. Una de ellas es la de San Francisco, en la que destaca su vecina más ilustre: la Universidad de Oviedo, cuyo edificio histórico se suma al antiguo Colegio de Niñas Huérfanas Recoletas y actual sede rectoral.

Caminan, locales y visitantes, y llegan a la puerta de la casa que fundó Valdés Salas; se asoman y lo ven ahí, sobre una peana, sentado en su sillón del patio central. Las personas que nos visitan se sorprenden ante una imagen complementaria, que empieza a ser habitual y que adorna el claustro: la presencia de mesas, bien puestas, con sus manteles y todo aquello que es propio de un "vino español", pincheo o como gusten llamarlo.

El Claustro parece emular la terraza de un parador en momentos de aperitivo o desayuno con animada concurrencia de personas en distendido ambiente degustando aperitivos, saboreando caldos tintos y blancos y/o deliciosos cafés.

El visitante o, sencillamente, quien pasa por delante de la puerta y mira al fondo ve a varias personas en su disfrute social. El visitante o sencillamente quien pasa por delante de la puerta no sabe el porqué de esa cita digestiva, lo interpreta a partir de aquello en que se fija o llama la atención. Y lo que ve es gente gozando de un servicio de "vino español". Y no es un día ni dos ni tres… son muchas veces.

Tan importante como "ser" es "parecer". Y en nuestra Universidad de Oviedo, los ciudadanos que nos visitan o se cruzan al paso ven lo que "parece" y si lo que "parece" no tiene, para ellos, razón de "ser" distinta a lo que "parece", entonces "ser y parecer" son lo mismo.

Y esta imagen de buen apetito la aprueba y promociona alguien, ¿quién será? Y el ciudadano dice "pues será el que manda en la Universidad". ¿Contribuye eso a la difusión de la cultura científica y la innovación? Porque a lo mejor el ciudadano observador también dice "es que en la Universidad parece que no hacen otra cosa que tomar cafés, vinos y canapés".

Yo trabajo en un edificio universitario que hace conjunto con el histórico, la sede rectoral y el Palacio de Quirós, así que atravieso todos los días el claustro y saludo a Valdés Salas. Veo asombrado los familiares pincheos y creo saber su motivo, pero puede ser o puede no ser, así que lo aconsejable es que la autoridad universitaria competente, al leer este artículo, salga a replicar y explicarnos a todos y todas el fundamento universitario de esos "vinos españoles" en la fundación valdesana y su repercusión para la cultura científica y tecnológica.

Y de paso que despliega información, seguro que contundente, al respecto puede también comentar (en el mismo espacio o en otro distinto) otra realidad invisible. Y es que, frente a tan "buen apetito" satisfecho, hay otro caracterizado por falta de "nutrientes" que afecta a muchos empleados y empleadas de la Universidad de casi todas las categorías. Una carencia que se traduce en falta de puestos de trabajo, en plantillas mal organizadas que obligan a que muchos tengan que duplicar o triplicar su actividad, haciendo, además, tareas de superior y muy superior categoría. Y tiene que decir a los ciudadanos y ciudadanas que no, que no son empleados universitarios los que están en los "vinos españoles".

Los empleados públicos universitarios están trabajando. Y no alzan la voz pidiendo privilegios de ninguna clase. Solo quieren, queremos, dignidad profesional; solo queremos que se distribuyan de forma equitativa y justa los recursos disponibles y que no se nos confunda. Tenemos apetito, apetito de dignidad profesional en el sentido más amplio de la expresión.

A lo mejor quien debería, muy especialmente, atender esta sensibilidad hace como el del chiste. Se encontraron dos conocidos en una urbe. Uno de ellos era pobre y llegó desde la aldea, de visita. El de la ciudad, rico y presumido, le preguntó: "¿Qué tal por la aldea?" Y el visitante dijo: "mucha hambre, mucha hambre". A esas palabras respondió el de la ciudad: "Eso está muy bien. Así debe ser, que haya buen apetito".

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