Opinión | El trasluz
Callar y observar

Callar y observar. / ShutterStock
Puse un cazo con agua al fuego para preparar un caldo. Nada más cotidiano, más vulgar. Pero cuando el agua rompió a hervir y se transformó en una columna de vapor, sentí el asombro de quien no hubiera presenciado antes el fenómeno. El agua seguía ahí y, sin embargo, ya no estaba. Se desprendía de sí misma, abandonaba el recipiente y ascendía, casi invisible, hasta desaparecer. El paso de un estado a otro -de líquido a gas- me pareció de pronto un suceso extraordinario. Pensé entonces en los primeros humanos que observaron este fenómeno. Lo lógico es que creyeran que el agua se convertía en espíritu. No en un sentido poético, sino literal. Algo que antes podía tocarse, beberse, contenerse en las manos, se volvía intangible, se perdía en el aire realizando las contorsiones fantasmales propias del vapor. He ahí un juego de magia natural, una desaparición que ocurría a la vista de todos. Nada por aquí, nada por allá. Una fuga sin huida.
El agua que se convierte en hielo también debió de parecer una traición a la lógica: lo que fluía se inmovilizaba, lo blando se endurecía, lo transparente devenía opaco. O el fuego, que transforma las cosas en ceniza: la madera sigue ahí, pero irreconocible. ¡Qué metamorfosis tan extrañas! Incluso hoy, con todo nuestro aparato teórico a cuestas, estos cambios conservan algo inquietante. La ciencia nos dice que son moléculas acelerándose o deteniéndose, enlaces que se rompen o se ordenan, pero el asombro no desaparece. La explicación racional no cancela la experiencia emocional. Ver cómo algo deja de ser lo que era y se transmuta en otra sustancia sigue constituyendo, para una mirada ingenua, un pequeño escándalo.
Hay otros cambios de estado menos evidentes. El de la fermentación del mosto azucarado, por ejemplo, que se transforma en vino sin que nadie lo toque. O el del tránsito del sueño a la vigilia (¿soy un hombre que sueña que es una mariposa o una mariposa que sueña que es un hombre?). Quizá por todo esto seguimos mirando con asombro el vapor que asciende desde las profundidades del cazo hacia el techo. No porque ignoremos lo que ocurre, sino porque, durante unos segundos, algo muy antiguo en nosotros reconoce que el mundo no es tan estable como se presenta. Que las cosas cambian de naturaleza ante nuestros ojos. Y que, a veces, lo más razonable es quedarse en silencio y mirar.
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